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Ilustradorxs del Maule: Diego Villarroel, el ilustrador detrás de Diego Ilustra

por Felipe Verdugo

Tiralíneas, lápiz pastel, libretas, misterio, intriga, arquitectura: Diego Villarroel – Diego Ilustra

Intriga y un color grisáceo que exalta esa intriga. Ese es el tono de las ilustraciones de Diego Ilustra. Ese es el tono que capta la atención de quienes se detienen a observarlas. Estructuras, naturaleza, relatos con imágenes y personajes. Personajes que evocan ternura, pero que cargan con una historia, en algunos casos de misterio, en otros de suspenso. Esa es la génesis de su propuesta.

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El Café Lavanda es un café que pasa desapercibido entre los edificios de la calle 2 Norte. No hay oficinas, a diferencia de los otros, sino pasteles, helados, café y galletas. En el segundo piso, una terraza cubierta de enredaderas. El calor es grande y Diego prefiere sentarse en el interior, junto a un ventanal rodeado por maceteros y con vista a la calle.

Diego saca sus libretas. Siete libretas. Desde el año 2014 que les da forma. Ha hecho transiciones sutiles, del lápiz scripto al tiralíneas, de dibujos simples a la rigurosidad de Inktober. La primera que abre es de cuando cursaba cuarto medio.

Un edificio grande, no demasiado colorido, aparece en una de las páginas.

—Este edificio lo veía desde la sala del liceo. Iba en el Marta Donoso Espejo. Recuerdo que justo era fin de año, no había nada que hacer y me puse a dibujar en mi puesto.

Diego pide un jugo de frambuesas. De fondo suena Hotel California, de la banda Eagles.

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Diego Villarroel es arquitecto de profesión. Egresó de la Universidad de Talca en 2022. Hoy ejerce en una empresa de Curicó, a la que viaja todos los días, y con la que tiene un proyecto de hotel en Canadá. Las herramientas de la arquitectura le han entregado directrices fundamentales: moverse por el terreno de las estructuras con facilidad; utilizar programas que son menos comunes en el campo de la ilustración.

—En Arquitectura habían artistas de todo tipo. Estaba el arquitecto que tocaba el clarinete, el que tocaba el violín, el piano. El arquitecto que trabajaba con metales. El que pintaba con acrílico o tiralineas. También el que no hacía ninguna de este tipo de cuestiones pero que era muy bueno en la profesión.

Su trabajo actual, pese a la demanda de tiempo, ha sido un motor creativo para sus ilustraciones. En los horarios de almuerzo, cede un espacio a los portaminas e inicia proyectos que en la mayoría de las ocasiones concluyen en la noche, cuando el silencio y el tiempo dan tregua a la creatividad. Este mecanismo le permitió crear su cómic “Los ojos del bosque”.

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En la segunda libreta se percibe un Diego más experimentado. A diferencia de la libreta de 2014, los tiralíneas y marcadores Sakura protagonizan las ilustraciones.

Mezclero también usaba Sakura, por lo que recuerdo.
—Sí, no sé si él me pasó el dato o yo se lo pasé, pero ahí hubo un cruce de informaciones.

Un boceto hecho con marcadores en la página izquierda y, en la derecha, la ilustración. El boceto no da mayores luces de la figura. Sí su forma, sí su posición, sí sus colores. A simple vista es una mancha con algunos garabatos, pero que guía al ilustrador y refleja el proceso creativo, y de método, que requiere para edificar sus obras.

—Creo que aquí el concepto era águila o enfrentamiento. Tomé de referencia la historia de la fundación de México, de un águila matando a una serpiente.

En la libreta aparecen otros dibujos: una cabeza que en su rostro tiene como escenario la danza de una bailarina de ballet. De fondo, un cielo oscuro y la luna eclipsada. Sus colores evocan la noche, lo onírico. Representa el olvido. También una ilustración de una especie de guerrero que se aproxima hacia un túnel de luz.

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Los ojos del bosque

Bosque. Tinieblas. Riscos. Ante este panorama se encuentra un conejo, perdido. Súbitamente, una fuerza negra, oscura, que podría ser una ráfaga o una figura fantasmal, lo persigue. Tras unos minutos, se tropieza con la raíz de un árbol y cae. Cae a un abismo profundo. El lugar en donde habitan los ojos y miedos del bosque. Una especie de secta enmascarada lo toma de rehén. Lo amarran a una hoguera, como si se tratase de una quema de brujas. El temor consume su rostro y uno de los enmascarados, con vehemencia, se dispone a clavarle una cuchilla. Pero un tigre, que se abre espacio entre los árboles, se avalancha y lo libera.

La escena finaliza con el conejo saliendo del bosque con un caminar apacible, como si nada hubiese ocurrido. Si fue producto de la imaginación del personaje o una fantasía, solo lo sabe el ilustrador.

Este relato retrata en palabras lo que Diego buscaba representar en su cómic “Los ojos del bosque”. Un cómic sin color, sin diálogo, hecho a pulso y a detalle, como lo exige el tiralíneas. Una propuesta que se conoce en el mundo de las historietas como “cómic mudo”, y que Diego maneja con maestría.

No es su primera incursión. Hace dos años dio a conocer en su cuenta de Instagram “Sueño mojado”, una historieta en la que, al más puro estilo kafkiano, narra la historia de una persona que despierta siendo un completo. Esta recorre las calles de Talca, con el rostro cabizbajo, juzgado por quienes lo observan, y finalmente es amenazado por el señor PF. “Pásame las chauchas, último aviso”. Esta frase deja un final abierto.

—Ahora tengo pensado hacer una historia de fantasmas, inspirada en la película “Los otros”, en la que actúa Nicole Kidman.

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En las publicaciones de su Instagram sigue lineamientos similares. Siempre una narrativa implícita. Siempre un concepto de guía. Las técnicas se mezclan: análogo-digital, lápiz pastel, tiralíneas.

Las primeras ilustraciones son las del Inktober de 2021. Diego, en este año, abordó los conceptos desde un color beige que les da un tono de croquera antigua. A cada uno le da una vuelta, un giro retórico. Si la palabra es “Watch”, dibuja un reloj cubierto por los tentáculos de un pulpo. Si la palabra es “Roof”, un hombre sobre un tejado rodeado por una serpiente gigante.

El Inktober de 2022 tiene lugar con una estructura y temática distinta. No solo aparece la ilustración, también aparece su boceto, con especificaciones técnicas y paletas de colores.

En 2023, la presencia de personajes es la tónica. El concepto “Saddle”, por ejemplo, lo representa con un personaje montado sobre un perro que corre sobre un pastizal. El concepto “Massive”, con la figura de un hombre rodeado de lo que podrían ser insectos.

En 2024, la propuesta de inktober tiene un estética de nostalgia. Perfectamente estas ilustraciones podrían haber sido realizadas por ilustrador o dibujante del siglo pasado, que con una croquera se disponía a dibujar lo que observaba: Mares, horizones, libros.

En 2025, Diego emplea con mayor recurrencia la técnica análogo-digital. Ilustraciones que inician en el papel, en su libreta, pero terminan de pulirse en programas como Procreate y Clip Studio.

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—Francisco Lara, que era compañero de la universidad, me contacta por Instagram, muy en esa onda de Los Vengadores, y me dice “¿te quieres sumar a esta iniciativa?”, y yo le dije “ya, démosle”.

Así, Diego se hizo parte de Garabato Colectivo, una agrupación de ilustradores, o como prefiero decirle, “la banda de rock de los ilustradores del Maule”. Estilos distintos. Funciones distintas. Talentos en potencia. Lo conforman Diego, Croquera,Fefalunares, Berzabe y el rockstar del tiralíneas, Mezclero.

Iniciaron con reuniones en el Parque Costanera. A los alrededores del anfiteatro se instalaban con sus marcadores, libretas y hojas. Un montón de manos dibujando y de marcadores moviéndose al son de nuevas técnicas.

Estas iniciativas le han permitido realizar talleres y exposiciones en otros espacios: Museo de Linares, Centro Cultural La Calendaria, Universidad Autónoma de Talca, Teatro Regional del Maule, entre otros.

—En los talleres me gusta el proceso de guiar un concepto. Partir con un bosquejo, un dibujo de servilleta, y después pasarlo a uno más pulido. Me gusta ese proceso, de no calentarte la cabeza buscando hacer algo perfecto.

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“Hace 30 días que no sabía qué dibujar, tenía las ganas, pero las ideas bifurcaron para cualquier lado. (…) Dibujé con grafito, sin miedo a dejar cochina la hoja o sin el estigma de que quedase todo perfecto y bonito. Y creo que ahí estaba la clave”.

Este párrafo lo escribía hace unas semanas en su perfil de Instagram: un bloqueo creativo, un proceso común en los artistas, pero que trunca su producción. Diego, frente a esto, tomó un portaminas, una libreta y empezó a esbozar líneas. No buscaba ser pulcro ni preciso. Dibujar, solo dibujar.

—Dije: me voy a ensuciar en el proceso y, a partir de esto, surgieron ideas bien interesantes.

Publicó un bosquejo de escarabajo, la corteza de un árbol con una flor triste, marchita, en su interior, su autorretrato y otras ilustraciones. Estas mutaron luego en formatos más elaborados.

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—Es como lo que pasa con series como Hora de Aventura o Más allá del jardín. Son dibujos muy tiernos, muy cute, pero detrás hay cosas medias siniestras o medias oscuras. Me gusta mucho esa cuestión.

Intriga, misterio, búsqueda. Ese es el camino que siguen las ilustraciones de Diego Ilustra, un conjunto de símbolos e imágenes abiertas a la interpretación. Este estilo tiene relación con sus referencias: películas, animé, videojuegos. De las películas, no solo disfruta la narrativa, también el storyboard: “comprender cómo se construye el mundo detrás de las imágenes”, dice Diego. Del animé, las historias, las imágenes: Chainsaw Man. De los juegos, la interactividad, la narrativa: Balatro, Elden Ring.

—También me gusta mucho el tema de los sueños. De los paisajes inspirados sueños. Tengo como referente a Moebius, un ilustrador francés que trabajó con Alejandro Jodorowsky en el cómic “El Incal”.

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“Ahora último me gustaría dibujar canciones”, dice Diego, mientras de fondo suena 11 y 6, de Fito Páez. “No sé cómo lo voy a hacer, pero quiero hacerlo. Inspirado en una letra, un extracto, una historia, o un verso quizá”.

—¿Y qué artistas escuchas?
—Escucho a Babasónicos, Miranda, Love of lesbian… Me gustaba Radiohead, pero con este rollo de Thom Yorke apoyando a Israel, me hace un poco de ruido.
—¿Spinetta?
—Sí, también. O Charly García. Son bacanes los argentinos.

Diego pide unas galletas. Luego saca de su mochila unas ilustraciones que en nada se parecen al estilo de las anteriores. No hay en estas grises, personajes ni intriga. Más bien verdes, paisajes y naturaleza.

—A futuro me gustaría hacer una colección de aves de Chile… También me gustaría hacer un juego de computador con dibujos míos. En 2D o en 3D, pero contar una historia de una manera diferente.

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Al salir del Café Lavanda, Diego sigue por la calle 2 Norte, con su camisa cubierta de flores, con su mochila llena de libretas. Le esperan un par de ferias, exposiciones. Un par de dibujos, de bloqueos creativos, de desbloqueos, de reuniones con Garabato Colectivo, de proyectos de arquitectura, de Inktobers y de crear. Sobre todo, de crear.