Con esta entrevista a Francisco Quezada, creador de Playa Fome, cerramos el ciclo musical de Maulin@s por el Mundo y también una temporada de conversaciones que nos permitió encontrarnos con artistas que, desde distintos rincones del mundo, siguen llevando consigo parte de su historia, sus afectos y sus vínculos con el Maule. Durante estos meses conocimos proyectos, experiencias y recorridos marcados por la creación musical, la migración y la búsqueda constante de nuevas posibilidades. Historias con un camino que no está exento de dificultades, pero que, como nos recordaron cada una de estas entrevistas, siempre vale la pena vivir.
Quiero agradecer sinceramente a quienes nos acompañaron leyendo, compartiendo y siguiendo cada entrevista. Y, por supuesto, a todas y todos los artistas y productores, que participaron generosamente de esta sección, no solo por abrirnos las puertas de sus procesos creativos, sino también por aportar registros, materiales y apoyo en la difusión de cada publicación. Espero que estas conversaciones hayan servido para descubrir un universo creativo amplio y diverso, que se expande desde el Maule hacia otros territorios y que demuestra que siempre hay nuevas formas de imaginar, crear y construir comunidad lejos de casa.
Para cerrar este ciclo, conversamos con Francisco Quezada con quien nos conectamos desde Berlín, sobre música, identidad, migración y Galletas de Agua, el nuevo trabajo de Playa Fome, un proyecto que habita justamente ese espacio entre territorios, memorias y canciones.
Para quienes todavía no conocen tu música, cuéntanos sobre tus primeros acercamientos a la creación musical. Primero comenzaste haciendo instrumentales en tu computador y después escribiendo canciones en guitarra. ¿Qué te motivó a empezar?
Tuve un interés muy precoz por la música. Me gustaba desde muy chico y tengo recuerdos muy vívidos de escuchar Mazapán cuando tenía cinco o seis años. Me acuerdo de cantarlos y bailarlos con mi mamá. En mi casa siempre había música sonando y la radio encendida era casi que parte del mobiliario del living, aunque mis papás no eran músicos ni tocaban instrumentos. La música estaba presente pero como algo que se escuchaba de forma pasiva.
Viví mis primeros años en Santiago y cuando tenía cinco nos fuimos a Curicó porque mi mamá y su familia son de allá. Coincidentemente llegamos a vivir al lado de un tío suyo que era dentista pero en sus ratos libres era músico aficionado. Tocaba en grupos folclóricos de música andina y tenía muchos instrumentos en su casa y yo iba seguido para allá y me fascinaba verlos y probarlos. Fue una influencia importante.
La idea de tomar clases ¿Fue una iniciativa tuya o alguien vio que tenías interés?
Yo tenía dos compañeros de curso que aprendieron a tocar guitarra al mismo tiempo con el mismo profe y yo me empecé a juntar con ellos a tocar canciones de Los Prisioneros: ellos tocaban y yo contaba. Como faltaba alguien que tocara bajo, me metí a clases de guitarra con la idea de aprender a tocar bajo.

¿Y lograron formar alguna banda? ¿Como esa típica banda de amigos del colegio?
Sí. Con uno de esos amigos toqué desde quinto básico hasta cuarto medio pasando por distintas formaciones. Al principio yo tocaba bajo y cantaba, mientras él tocaba guitarra. Y ya al final del colegio él tocaba la batería y yo tocaba guitarra y cantaba y estaba escribiendo mis primeras canciones.
¿Llegaron a tocar en vivo?
Muy poco. Participamos una vez en una especie de batalla de bandas de un colegio, pero no mucho más. Entre otras cosas porque en esa época odiaba tocar en vivo.
A lo largo de tu trayectoria has pasado por proyectos con sonoridades muy distintas: desde el folk psicodélico de otros proyectos musicales en los que has participado, como Centrífugo, hasta exploraciones más electrónicas, mezclando folk, electropop y ambient. ¿Cómo ha sido esa evolución sonora?
Creo que tiene ver con las bandas que más me marcaron cuando era chico. Pienso en los Beatles, por ejemplo, donde cada disco parecía abrir un mundo distinto. Existe una continuidad, pero también una sensación permanente de cambio. Me pasaba lo mismo con Radiohead cuando estaba en el colegio. Me gusta que cada disco sea como un universo propio. Con Playa Fome las cosas se han ido dando así, hay una búsqueda que va mutando constantemente y la verdad es que me entretiene más que sea de esa manera.
Este crecimiento orgánico de tu proyecto ¿Crees que es un proceso que tiene que ver con estar aprendiendo desde la práctica musical?
Como músico autodidacta y, creo que como muchos músicos en general, uno está siempre aprendiendo e incorporando cosas nuevas a lo que hace. Además, cuando te gusta escuchar música constantemente, siempre vas descubriendo sonidos, artistas e ideas que terminan despertando nuevos intereses.
Y hoy, ¿quiénes conforman Playa Fome? ¿Es un proyecto solista o una banda?
Playa Fome siempre ha sido un proyecto solista. En general ha sido una experiencia bastante solitaria, en el buen sentido de la palabra. Los primeros discos los grabé casi completos yo, con la ayuda puntual de algunos amigos. En cambio, el EP Galletas de Agua tuvo una dinámica distinta: se grabó más como una banda, con personas específicas encargadas de la batería, el bajo, los teclados y las segundas voces. De hecho, parte de la búsqueda de ese EP tenía que ver justamente con encontrar el sonido de una banda tocando junta.
¿Te gustaría llevar eso más lejos y transformar Playa Fome en una banda?
Para tocar en vivo sí. Me interesaría trabajar con una formación más amplia sobre el escenario. Pero convertir Playa Fome en una banda como tal es distinto. Creo que si quisiera desarrollar algo colectivo de esa manera, preferiría empezar otro proyecto y mantener Playa Fome como algo esencialmente solista.

Llevas cinco años viviendo en Berlín y anteriormente también pasaste una temporada fuera de Chile. ¿Cómo han influido esos desplazamientos en tu manera de crear y de ver el mundo?
Primero haría una precisión, aunque nací en Santiago y viví ahí mis primeros años, me siento mucho más curicano. Pasé en Curicó los años más formativos de mi vida, mi familia sigue viviendo allá y cuando vuelvo a Chile paso la mayor parte del tiempo en la ciudad. Me encanta Santiago, pero me siento más extranjero que en Curicó. Me siento bastante provinciano, en ese sentido. Respecto a cómo influye vivir en distintos lugares, mi estadía en Lyon fue relativamente breve, alrededor de un año y medio. Fue una etapa muy marcada por la aventura, por la experiencia de vivir fuera por primera vez y también por ciertos momentos de soledad. Creo que donde más he sentido ese impacto es en Berlín, simplemente porque llevo mucho más tiempo viviendo acá.
Berlín suele asociarse más al techno que al indie. ¿Cómo ha sido para ti crear desde ahí?
Es cierto que no es la primera ciudad que uno relaciona con el indie, pero Berlín ofrece muchas el espacio para prácticamente cualquier búsqueda artística. A estas alturas hay varias cosas de la ciudad que ya no me gustan tanto, pero sigue siendo un lugar muy libre. Podrías salir a la calle vestido con una armadura medieval y nadie va a levantar una ceja. Siento que ese mismo espíritu se refleja en la música. Sin querer sonar demasiado crítico, en Santiago, y quizás en Chile en general, muchas veces existe una tendencia a castigar lo que se sale de la norma, a mirar con sospecha al que hace algo distinto. Eso genera cierta presión por ajustarse a lo que parece funcionar o gustarle más a la gente. Incluso en la música independiente ocurre: aparece un sonido que se pone de moda y empiezan a surgir muchas bandas intentando reproducirlo porque parece ser el camino para que las cosas resulten.
En Berlín eso se ve menos. Cada uno está más concentrado en su propia búsqueda y eso te da una libertad enorme para hacer exactamente lo que quieres hacer. Al mismo tiempo, hay muchísima gente intentando crear, ya sea profesionalmente o por gusto.. Eso genera una escena muy rica, pero también muy competitiva. Para destacar tienes que ser realmente bueno. Aun así, he aprendido muchísimo estando acá.
Cuando terminaste el colegio en Curicó volviste a Santiago para estudiar. ¿Qué carrera elegiste?
Estudié cine.
O sea, de alguna forma siempre te mantuviste vinculado al mundo artístico. Y en relación con Berlín, ¿cómo fue insertarse en la escena musical local? ¿Has podido tocar y participar activamente?
Fue difícil al principio porque llegué en pleno COVID. Había un apagón cultural bastante grande: muchos espacios estaban cerrados, la gente no podía salir y las actividades se suspendían constantemente. Se abrían ciertas posibilidades y después volvían las restricciones. Justo en ese período, además, me enfermé bastante, estuve convaleciente alrededor de 2 años, así que los primeros tiempos fueron particularmente complejos.
Recién cuando empecé a salir de esa convalecencia intenté impulsar más seriamente mi proyecto musical. En esa etapa asistí a muchos micrófonos abiertos y, a través de ellos, conocí a muchísima gente. Poco a poco terminé formando parte de una escena de cantautores. Nunca fui una figura central ni nada por el estilo, pero sí sentía que pertenecía a un circuito. Después, como le pasa a cualquier músico independiente, gran parte del trabajo pasó por la autogestión: organizar fechas, conseguir invitaciones para abrir presentaciones de otros artistas y moverse constantemente.

¿En qué tipo de eventos has participado?
Principalmente en bares y espacios comunitarios, algo así como casas-proyecto donde se realizan actividades culturales. También he participado en algunos eventos de solidaridad con Palestina, principalmente porque mi polola está muy involucrada en ese movimiento y a través de ella surgieron algunas invitaciones para tocar.
¿Y esos espacios se concentran en algún sector específico de Berlín?
Muchos de los que frecuento están en Neukölln, que es un barrio con una presencia histórica importante de comunidades turco-alemanas y árabe-alemanas y al que en las últimas décadas ha llegado mucha gente vinculada al arte. Es una zona con bastante vida nocturna y actividad cultural.
A lo largo de tu carrera has trabajado con distintos sellos, como Jacobino Discos, Sello Bandurria y Registro Móvil. ¿Cómo has construido ese camino y qué te ha enseñado sobre la autogestión musical?
Me ha dado COVID tres o cuatro veces y tengo la memoria bastante mala, así que ya no recuerdo con total claridad cómo fue cada etapa. Pero, en general, muchas de esas oportunidades surgieron de la forma más simple posible: alguien te presenta a alguien, un amigo te comparte un contacto, consigues un correo y empiezas a escribir. Al final, después de insistir lo suficiente, algo termina resultando. Creo que con Jacobino, Bandurria y Registro Móvil fue más o menos así.
O sea, gran parte del trabajo ha pasado por ir construyendo redes con otros músicos y personas del medio.
Sí, pero sobre todo por perder la vergüenza. Muchas veces se trata simplemente de animarse a escribir, preguntar o mostrar lo que uno está haciendo.

Pasando a tu trabajo más reciente, Galletas de Agua, publicado junto a Registro Móvil. ¿Qué nos puedes contar sobre este lanzamiento?
Es un disco que reúne composiciones escritas a lo largo de más de tres años y que recoge bastante de la psicología de ese periodo de convalecencia del que hablábamos antes. Por lo mismo, probablemente sea mi disco más triste. Comparado con trabajos anteriores, tiene una energía mucho más oscura, incluso más mala onda en algunos momentos. Siento que es un álbum que abraza más la fealdad. No intenta escapar de ciertos sentimientos incómodos, sino más bien convivir con ellos. Además, se grabó en Chile, en un estudio de Santiago que se llama La Tostadora, es un lugar que estaba, curiosamente, muy cerca de la casa donde viví cuando nací. Fue una coincidencia y sin querer sonar cursi tuvo algo de mágico para mí. El disco se mezcló ahí mismo y luego se masterizó en Chicago. Estoy muy contento con el resultado. Creo que es un disco lindo y tengo muchas ganas de que salga.
¿Trabajaste solo o hubo más personas involucradas en la grabación?
Como te decía antes, una de mis búsquedas con este disco era explorar el formato banda, así que desde el principio la idea fue tocar con otras personas. Osnery Aguilar, con quien compartí varios años en Centrífugo, tocó batería. Francisco Plana, que también pasó por Centrífugo y además es mi primo, estuvo a cargo del bajo. De hecho, es hijo de ese tío músico del que te hablaba antes. Felipe Castro, que participa en proyectos como Buen Clima, Bárbara Blade y Tronador, tocó teclados. Y mi polola, Aisling Sharkey, grabó las armonías vocales.
¿Qué significó grabar rodeado de amigos, familiares y personas cercanas?
Fue muy agradable. Además, era el estudio más profesional en el que había grabado hasta ese momento, así que todo resultó muy cómodo. Almorzábamos juntos, compartíamos mucho tiempo ahí. Ahora que lo pienso, fue una especie de respiro. Algo fresco. Volver a hacer música con otras personas, tocar las canciones y ver cómo alguien más interpreta algo que uno compuso. Sobre todo porque llevaba años acostumbrado a hacer todo solo, como jugando con los Legos por mi cuenta.
¿Ellos participaron también en las decisiones creativas o la dirección musical seguía siendo principalmente tuya?
Un poco de ambas cosas. Yo escribí las canciones durante un período bastante largo. Me tomé mucho tiempo, especialmente con las letras, que siempre son lo que más me cuesta terminar. Los arreglos, en cambio, aparecieron relativamente rápido. Después, todo el proceso de ensayo y grabación fue muy acelerado. Los músicos viajaron a Curicó, ensayamos apenas dos días y luego grabamos el disco completo en tres días y medio.
Fue intenso entonces.
Totalmente. De alguna forma el disco no suena así, pero el proceso tuvo algo muy punk por lo rápido que ocurrió todo. No había mucho tiempo para experimentar. Era como: estas son las canciones y tienen que estar listas en dos días. Había que aprenderse las partes y grabarlas. En ese sentido, Felipe tuvo más libertad para proponer cosas con los teclados porque yo no soy muy buen tecladista y las maquetas que le envié eran bastante primitivas. En cambio, el bajo y la batería ya venían más definidos. Por eso, aunque hubo intervención de todos, siguió siendo un trabajo bastante solista. No fue realmente una creación colectiva en sentido estricto.
También imagino que había razones prácticas para trabajar así de rápido.
Claro. Todos trabajaban y tenían sus propios compromisos. No podían quedarse indefinidamente dando vueltas por Curicó.

¿Y por qué decidiste grabarlo en Chile?
En el fondo, por comodidad. Me resultaba más natural grabar con gente hablando castellano y en un entorno donde me siento más local que en cualquier lugar de Europa. También pensé que sería más barato, después descubrí que eso no era tan cierto.
¿Fue una producción autogestionada?
Sí, la financié yo.
Pensando ya en el lanzamiento, ¿sientes que este disco está dirigido a un público específico?
Creo que tiene un atractivo más adulto que mis trabajos anteriores. Mi segundo disco Ssshh, por ejemplo, estaba muy pensado desde una lógica cercana a la música para niños. Incluso el lenguaje era deliberadamente simple. Ese disco apareció en una época en que estaba muy maravillado con la experiencia de tener una hermana menor. Yo tenía 22 años cuando ella nació y recuerdo haber escuchado muchísima música infantil en esos años, intentando incluso emular algunas de esas ideas.
Llamadas Telefónicas era menos infantil, pero seguía siendo un disco muy lúdico. A mí siempre me ha recordado un poco al espíritu de 31 Minutos. Con Galletas de Agua me di cuenta de que las canciones que estaba escribiendo iban por otro lado. Los temas que aparecían no eran precisamente aptos para niños. De hecho, me daba un poco de pudor imaginar a mi hermana escuchándolos. Por eso creo que el público será distinto. No sé si más amplio o más reducido, pero sí diferente al de los trabajos anteriores. Habrá que ver cómo reacciona la gente cuando finalmente salga.
¿De dónde viene hoy el público de Playa Fome?
Es una pregunta que se conecta un poco con mi propia experiencia. Desde chico me sentí entre mundos. Nací en Santiago, crecí en Curicó y después me moví constantemente entre ambos lugares. Nunca fui completamente curicano, pero tampoco completamente santiaguino. Para algunos era demasiado santiaguino y para otros demasiado curicano. Ser migrante también tiene algo de eso. Estás permanentemente entre distintos lugares y, a ratos, te sientes directamente extranjero.
Con Playa Fome me ocurre algo parecido. Ya no es un proyecto que exista realmente en Chile, aunque siga escribiendo en castellano y vuelva constantemente. Tampoco es un proyecto completamente alemán. Está en una especie de punto intermedio. Esa es una tensión que todavía no tengo del todo resuelta: a quién le hablo realmente. Cuando reviso las estadísticas de Spotify, Chile sigue concentrando la mayor parte de las escuchas, pero también hay audiencias repartidas por distintas partes de Europa.
Ayer, por ejemplo, publiqué un reel anunciando el disco nuevo y por primera vez lo hice en inglés. Estoy sintiendo la necesidad de moverme hacia una identidad más global, en el sentido de ser un artista que puede existir desde cualquier lugar.
¿Lo vives como una contradicción?
No diría que es una contradicción, pero sí algo incómodo a veces. Aunque también hay cierto placer en estar entre aguas. Puede ser confuso, claro. Imagino que muchas de las personas que han pasado por esta sección de la revista deben sentir algo parecido. Estaba leyendo algunas entrevistas publicadas y veía discursos muy vinculados al territorio, muy localistas. Pero cuando llevas años viviendo fuera, la realidad se vuelve un poco más compleja. Ahí aparece una tensión que sigue acompañándome. Ya no estás del todo en el lugar del que vienes, pero tampoco perteneces completamente al lugar donde estás. Y supongo que esa sensación termina filtrándose también en la música.

Deslocalizado, ¿quizás?
Sí, algo así. También creo que Alemania es un país poco “bienvenidor”, por inventar una palabra. No es una cultura que te reciba con demasiada facilidad, entonces es normal sentirse un poco al margen.
¿Lo dices por un tema cultural o también por la barrera del idioma?
Por ambas cosas. El idioma influye mucho. Yo aprendí alemán hace relativamente poco y durante años viví hablando inglés, que no es necesariamente lo ideal cuando intentas integrarte. Pero también hay algo más bien sociocultural. Habiendo vivido o pasado tiempo en otros países europeos, siento que acá se nota más. Comparado con lugares como España, Francia o Irlanda, aquí me parece que cuesta más incorporarse a los grupos o generar cercanía.
Claro, quizás tiene que ver con cierta frialdad cultural del norte de Europa.
Puede ser. También creo que influye que sea una sociedad con raíces protestantes. Tengo la impresión de que existe una forma más individualizada de relacionarse, mientras que las culturas más marcadas por el catolicismo suelen tener una lógica más comunitaria.
Sí, es verdad. La cultura católica tiene un ingrediente de cultura popular y comunitaria importante. Volviendo al disco, ¿cómo será el lanzamiento de Galletas de Agua?
El lanzamiento está programado para el 6 de noviembre y saldrá en plataformas digitales. También se está planificando una edición en cassette, aunque todavía no tenemos una fecha definida. Respecto a la tocata de lanzamiento, se anunciará más adelante porque aún estamos afinando los detalles.
Tenemos una pregunta clásica en Maulin@s por el Mundo: ¿qué artistas, discos o proyectos musicales te han acompañado últimamente?
Hace poco me cambié de Spotify a Tidal, con la intención de sumarme a esta campaña de no financiar la compra de armamento para guerras con las cuales se vio involucrado Spotify. Y sin ánimos de hacer campaña a Tidal, debo decir que redescubrí el placer de escuchar música. Me di cuenta de que durante los últimos diez años había escuchado muchísimos discos sin una buena calidad de sonido y ha sido un proceso bonito volver a enamorarme de muchas canciones.
Últimamente he estado escuchando con mucho cariño Rubber Soul, de The Beatles. También he vuelto a escuchar a Nader Cabezas, que además es curicano. Un amigo me recomendó hace poco el último disco de Kieran Hebden (Four Tet), y también lo he disfrutado mucho..
¿Y qué artistas han sido importantes para ti a lo largo de tu vida y en tu forma de escribir?
En los últimos años he empezado a darle mucha más importancia a las letras. Hay algunos artistas que me inspiran profundamente en ese sentido. Uno es Ivor Cutler, cuya forma de escribir y observar el mundo siempre me ha parecido fascinante. También David Berman, especialmente a través de Silver Jews, cuyas letras me encantan y me acompañan desde hace años. A eso sumaría a Joni Mitchell, una artista a la que vuelvo constantemente por la profundidad y sensibilidad de sus canciones. Todos ellos han sido referencias muy importantes para mí, tanto en la manera de escuchar música como en la forma de pensar la escritura de canciones.
Para cerrar, ¿hay algo que te gustaría agregar?
Más que agregar algo sobre mí, quería decir que me alegra mucho el trabajo que hace Revista Endémica. Me parece valioso que exista un proyecto cultural dedicado a la Región del Maule. Cuando era chico sentía que Curicó era el lugar más aburrido del planeta.
Yo creo que cada maulino piensa lo mismo de su ciudad.
Probablemente. Pero hoy, cuando vuelvo a Chile y paso tiempo en Curicó, me alegra ver que están ocurriendo cosas. No sé si cuando era niño no me enteraba o simplemente no existían, pero hoy veo una escena musical y literaria muy activa. Es una movida que probablemente sigue siendo precaria, como te lo dirían los propios artistas, pero me parece tremendamente valiosa. Siento que proyectos como Revista Endémica ayudan mucho a fortalecerla y también le dan esperanza a quienes están creando desde la región.
Justamente esa fue una de las razones por las que nació la revista. Muchas veces existe la sensación de que no pasa nada, cuando en realidad están ocurriendo muchísimas cosas. En Talca se realizan encuentros de programadores y artistas, ferias del libro y distintos proyectos culturales. Lo mismo sucede en Curicó, Linares y otras ciudades de la región. Es importante visibilizar todo eso. Además, quienes vivimos fuera también seguimos desarrollando proyectos y, de alguna manera, llevamos con nosotros parte de nuestras ciudades y territorios. Por eso nos interesa relevar el trabajo de quienes están creando desde distintos lugares del mundo.
Quiero agradecerte por la conversación y desearte mucho éxito con el lanzamiento de Galletas de Agua.
Playa Fome: Muchas gracias a ti por el interés y por el espacio. Ha sido un gusto conversar.
