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Isidora Sánchez “La Perdiz”: La paya se mantiene viva cuando se abre a la diversidad

por Carola Castro

Desde las décimas de Violeta Parra, maestra e inspiración, hasta las voces de las cantoras campesinas, cantoras a lo poeta, decimistas y payadoras que mantienen viva esta tradición, la palabra cantada continúa encontrando nuevas formas de habitar el presente. Entre esas voces está Isidora Sánchez, conocida artísticamente como La Perdiz, payadora, escritora e investigadora nacida en Talca y actualmente radicada en Los Ángeles, California. Su trayectoria transita entre la música de raíz, la literatura y la investigación, explorando las posibilidades de una tradición que no entiende de fronteras ni permanece intacta en el tiempo. En esta conversación, Isidora recuerda sus primeros vínculos con el folclore maulino, el descubrimiento de la décima en la universidad y el camino que la llevó a convertirse en parte de una nueva generación de payadoras.

También habla de los espacios creados por y para mujeres dentro de una tradición históricamente masculina, de la improvisación como herramienta artística y crítica y de los cruces posibles entre la paya, el rap y otras expresiones contemporáneas. Desde California, donde realiza estudios de doctorado en Literatura Hispanoamericana, observa además cómo estas tradiciones pueden tender puentes entre territorios, comunidades migrantes, feminismos e identidades diversas. Una conversación sobre memoria y creación, sobre raíces y desplazamientos y sobre una tradición que sigue transformándose para encontrar nuevas voces, nuevas preguntas y nuevas maneras de decir el presente.


Isidora, quería partir con una de las preguntas clásicas de Maulinxs por el Mundo: ¿cuáles fueron tus primeros acercamientos a la música? ¿De dónde nace tu interés por la música de raíz, la décima, la paya y el canto a lo poeta? ¿Hubo alguna influencia familiar?   

Quizás para contextualizar: nací en Talca hace 30 años. Viví allí hasta los 10 y luego me trasladé a Santiago, donde pasé gran parte de mi adolescencia y adultez. Hace un año me mudé a Los Ángeles, California, así que soy una maulina doblemente salida del Maule: primero dejé Talca y después Chile. Mi exploración con la décima comenzó en la universidad. Estudié Licenciatura en Letras en la Universidad Católica y allí conocí este mundo a través de dos cursos: uno sobre la lira popular chilena con la profesora Rocío Rodríguez y otro sobre Gabriela Mistral y Violeta Parra con la profesora Paula Miranda.

Ese fue el momento en que entendí que algo que había escuchado toda mi vida tenía un nombre: décima. Yo era seguidora de Violeta Parra desde la adolescencia y, cuando leí sus Décimas autobiográficas, todo empezó a tomar forma. Con esas clases comprendí sus características y su importancia, pero al mismo tiempo me di cuenta de que la décima ya estaba en mí. Había escuchado canciones como Volver a los 17 muchísimas veces.

Mirando más atrás, creo que haber crecido en Talca también fue importante. Mi contacto con la música de raíz folclórica era mucho más cotidiano que lo que después vi en Santiago. Aprender cueca era parte de la cultura local. No quiero romantizarlo, pero sí había una relación más orgánica con ese repertorio: se escuchaba, se bailaba, aparecía naturalmente en la vida cotidiana. Recuerdo, por ejemplo, que en el colegio se jugaba trompo de verdad; no era una actividad que aparecía solamente para las fiestas patrias. Eran prácticas que formaban parte del entorno. No vengo de una familia campesina ni crecí vinculada directamente a cultores de esta tradición. De hecho, probablemente era poco predecible que terminara dedicándome a esto. 

Algo se gestó ahí en el Maule, luego en la adolescencia escuchando a Violeta y después comienza una obsesión que continúa hasta el día de hoy.

Más tarde conocí la décima en profundidad en la universidad y descubrí que podía escribirse, cantarse e improvisarse. Ahí comenzó una obsesión que continúa hasta hoy.

¿Y por qué decidiste llamarte La Perdiz? ¿De dónde surge ese nombre?

Fue algo muy fortuito, la primera vez que improvisé en público fue en 2018, en el Chancho Seis, un bar del Barrio Yungay donde durante años se realizaron encuentros de payadores. 

Era un espacio muy especial porque permitía probarse frente al público, pero dentro de un ambiente de confianza. No era un escenario formal; era una instancia para experimentar considerando el factor de tener gente escuchándote. En ese contexto, junto a otras compañeras, organizamos un encuentro de payadoras. Queríamos hacer algo distinto y pensamos que en el afiche no aparecieran nuestros nombres reales para generar un poco de misterio. Entonces decidimos inventar nombres artísticos.

Tomamos una tradición muy propia de la paya y del canto a lo poeta: muchos cultores utilizan nombres de aves, generalmente vinculados a su lugar de origen, como el Chincolito de Rauco. Durante mucho tiempo me presenté como La Perdiz de Talca o La Talquina Perdiz. La verdad es que elegí “perdiz” porque me gustaba cómo sonaba la palabra. 

Mi acercamiento a la paya siempre ha tenido una dimensión muy poética y literaria, así que me atrajo simplemente por su sonoridad. 

Después empecé a encontrarle nuevos sentidos. Descubrí, por ejemplo, que existe una diferencia entre la perdiz europea y la perdiz chilena y eso conectó con algunas perspectivas anticoloniales y de reivindicación territorial que me interesan. Me hizo feliz pensar: sí, soy una perdiz, pero esta perdiz y no otra. Además, es un ave que no vuela mucho, sino que corre y permanece cercana a la tierra. Eso también me representa bastante. No me gustan las alturas; me dan miedo. Con el tiempo siguieron apareciendo referencias, hay una perdiz en Poema de Chile de Gabriela Mistral y también encontré otras historias y relatos donde aparece este pájaro. Fue curioso descubrir que, después de elegir el nombre casi al azar, muchas cosas comenzaron a hacer sentido. 

Has participado en encuentros de payadoras feministas y has impulsado espacios para mujeres dentro de este ámbito. ¿Cómo ha sido abrirse camino en un mundo tradicionalmente dominado por hombres?

Justamente conversaba sobre esto hace poco con Caro López. El oficio de payadora y también el de payador, es muy particular. Muchas personas que no conocen este género suelen preguntar si uno tiene una banda o forma parte de un grupo, pero no funciona así. Yo soy La Perdiz y soy payadora. Desde ahí, puedo moverme individualmente. Sin embargo, los encuentros de payadores y payadoras son espacios de diálogo, juego, conversación e incluso competencia amistosa con otros y otras. Yo no podría entender mi formación como música, poeta o payadora sin ese tejido colectivo. 

“No podría describir mi ser payadora sin todo ese tejido colectivo que me rodea.”

Ahí están compañeras y compañeros que fueron fundamentales en mi aprendizaje. En el canto a lo poeta se usa mucho la palabra aprendiz y para mí sigue siendo una idea central, porque creo que uno tiene que mantenerse aprendiendo toda la vida. Tuve la fortuna de encontrar personas muy generosas que me enseñaron muchísimo: Ceci Astorga, que fue mi primera maestra y quien me abrió las puertas de este universo; Caro López; María Antonieta Contreras; José Pablo Catalán, que me enseñó guitarra durante varios meses; Dangelo Guerra; y compañeras como Cami Rojas Torres, entre muchas otras. Todo eso conforma una red de afectos, conocimientos y experiencias que sostiene mi camino como payadora y sin la cual sería imposible entender lo que hago hoy.

Al mismo tiempo, se ha ido construyendo una complicidad muy especial entre mujeres. Porque este ha sido un viaje hermoso, pero también difícil y, a ratos, frustrante. Todavía persiste la idea de que las payadoras no ofrecemos espectáculos musicales y poéticos de la misma calidad que nuestros compañeros varones, o que basta con invitar a una mujer entre diez payadores para cumplir con una especie de cuota simbólica. Sin embargo, hoy existe una comunidad amplia y diversa de payadoras, con distintas formas de improvisar, distintos universos temáticos y propuestas musicales muy variadas: hay guitarristas, guitarroneras y estilos muy diferentes entre sí. Por eso muchas veces hemos tenido que crear nuestros propios espacios. A veces eso se mira con cierta sospecha, como si los encuentros de payadoras buscaran separarse de los payadores, cuando en realidad responden a una situación muy concreta: históricamente hemos tenido menos oportunidades para presentarnos y seguimos siendo invitadas con menor frecuencia. A eso se suma una dimensión material importante, porque muchas compañeras viven de este oficio y necesitan espacios donde desarrollar su trabajo. Cuando esos espacios no existen, la única alternativa es autogestionarlos.

Además, mi ingreso a la paya en 2018 coincidió con un momento muy significativo de mi formación política. Fue el año del Mayo Feminista y, mirando mi trayectoria en retrospectiva, tiene mucho sentido que ambas experiencias hayan ocurrido de manera paralela. Desde entonces, el feminismo y otras preocupaciones políticas han acompañado mi trabajo con la décima y la paya, convirtiéndose en una forma de canalizar preguntas, compartir reflexiones y movilizar inquietudes que forman parte de mi manera de entender el mundo.

También pienso que, además de lo material, hay una búsqueda identitaria detrás de estos encuentros de payadoras o de otros espacios para las mujeres y las disidencias en la música, que tiene que ver con la posibilidad de explorar otras formas de hacer paya, de cantar o de relacionarse con la tradición.

Exactamente. Esos espacios permiten desarrollar búsquedas propias con mayor libertad y ampliar las posibilidades de lo que entendemos por paya.

En esa línea, ¿cómo ves hoy el panorama de la paya en Chile? ¿Qué frutos han dado estos procesos?

Hay algo que me parece fundamental recordar constantemente: la paya es un circuito profundamente heterogéneo. A veces existe la tentación de simplificar esa diversidad para construir una imagen más reconocible de lo que sería un payador o una payadora, pero cuando hacemos eso, perdemos una de las principales riquezas del oficio. Empiezan a aparecer ideas como que el payador se viste de determinada manera, que necesariamente proviene de un contexto campesino o que existe una única paya verdadera. Yo soy bastante obsesiva con las palabras y me interesa cuestionar esas nociones. Podemos tener diferencias, discutir sobre calidad o sobre propuestas artísticas. De hecho, son conversaciones que me interesan mucho. 

Cuando decimos que existe una paya verdadera y única, perdemos una riqueza enorme. La paya se mantiene viva cuando se abre a la diversidad.

En mi caso, por ejemplo, soy una payadora formada principalmente en un contexto urbano y eso convive perfectamente con otras trayectorias. Recuerdo conversaciones con el payador patagón Luciano Auad sobre los encuentros internacionales: cuando una observa a las delegaciones chilenas, ve personas muy distintas entre sí, no hay un uniforme, ni una sola manera de habitar este oficio. Algunas personas sienten que necesitamos unificarnos más, yo pienso lo contrario, mientras la paya conserve esa diversidad y se mantenga abierta a nuevas voces, siempre tendrá algo que ganar.

A veces, cuando una forma parte de estos circuitos, pierde un poco la perspectiva y piensa que todo el mundo está interesado en la paya, pero sí creo que, al menos en el circuito de mujeres, ha habido un crecimiento importante. Cuando comencé, veía sobre los escenarios a Ceci Astorga, Miriam Arancibia, Pepita Muñoz, María Antonieta Contreras y Caro López, ellas fueron referentes muy importantes.

¿Ellas son principalmente de Santiago o también provienen de otras regiones?

Hay de distintos lugares, cuando conocí a Ceci Astorga vivía en Santiago, aunque tenía vínculos con la Sexta Región. María Antonieta Contreras vivía entonces en Santiago y hoy está en La Ligua. Pepita Muñoz es de Pirque, una zona muy importante para la tradición payadora. Miriam Arancibia vive en San Francisco de Mostazal y, por supuesto, si ampliamos la mirada hacia las cantoras a lo divino, el mapa territorial se vuelve mucho más amplio.

Me imaginaba que esa diversidad también debía reflejarse territorialmente. Además, organizar encuentros con personas de distintos lugares supone esfuerzos importantes.

Totalmente, esa diversidad existe y es muy valiosa. Y si comparo el escenario de 2018 con el de hoy, veo un avance enorme, actualmente hay muchas compañeras impulsando proyectos propios, organizando actividades y ocupando escenarios. Hoy podemos hablar de alrededor de treinta mujeres activas presentándose en distintos espacios, para mí eso ya es un crecimiento muy significativo respecto de lo que existía cuando empecé. Además, las payadoras vienen de distintos territorios, pienso, por ejemplo, en Ruth o Emma Madariaga, ambas de la Quinta Región. La diversidad geográfica existe, aunque sabemos que gran parte de la producción cultural en Chile sigue concentrada en Santiago.

Por eso también hemos intentado descentralizar los encuentros, el primero lo hicimos en Santiago y el segundo en Valparaíso, justamente con la intención de salir un poco de la capital. Después surgieron encuentros paralelos en Puerto Montt y en La Ballena, en la Quinta Región, poco a poco hemos ido ramificando estos espacios, porque también llega un momento en que reunir a veinticinco personas sobre un mismo escenario se vuelve difícil.

¿Y esos encuentros siguen realizándose hoy?

Sí, de hecho, hace poco, cuando estuve en Chile durante el invierno, organizamos un encuentro llamado Peligrósicas para las Másicas en la Radio Universidad de Chile. Fue una experiencia más pequeña: participamos cuatro payadoras junto a una rapera, Alegría Ale. Se produjo una mezcla muy interesante entre rap y paya, es un cruce que ya tiene antecedentes, porque varios payadores de Chile y Argentina han explorado esa combinación, pero nosotras aún no habíamos organizado un evento así. Fue un experimento muy bonito y así siguen surgiendo iniciativas: algunas más grandes, otras más pequeñas. Hemos realizado encuentros en distintos espacios, incluida la Universidad Mayor, lo importante es que la red sigue activa.

Pasando a otra etapa de tu trayectoria: estudiaste Licenciatura en Letras y hoy estás realizando un doctorado en Literatura Hispanoamericana en California. ¿Por qué decidiste seguir ese camino académico?

Porque una de mis grandes pasiones es la investigación, amo profundamente la literatura, la escritura y también la enseñanza. Trabajé siete años como profesora de colegio en Santiago y fui muy feliz enseñando literatura, pero al mismo tiempo veía algo que ocurre con muchos docentes: las condiciones actuales hacen difícil permanecer en el sistema. Además, sentía que no tenía el tiempo necesario para investigar, que es algo que me apasiona muchísimo, lo interesante es que, en mi caso, la investigación y la paya siempre han ido de la mano. Yo llegué a este universo a través de la universidad, mi tesis de pregrado estuvo dedicada al canto a lo poeta y a diversas artes poéticas escritas en décimas y fue justamente mientras realizaba esa investigación, en 2017, cuando empecé a escribir mis propias décimas.

Por eso nunca he sentido una separación entre ambas cosas, investigar también forma parte del aprendizaje de este oficio. Basta pensar en Violeta Parra como una enorme investigadora de las tradiciones populares. Después cursé un magíster en Estudios Latinoamericanos, donde trabajé temas vinculados al feminismo latinoamericano. Más adelante decidí dar el paso hacia el doctorado, con mucho entusiasmo, pero también con cierto temor por la distancia que suponía alejarme temporalmente de la comunidad de payadores y payadoras que había construido en Chile.

¿Cómo ha sido trasladar ese trabajo a Estados Unidos?

Ha sido una experiencia muy interesante, me ha sorprendido ver el entusiasmo que genera la décima en español cuando la presento acá, también es una situación curiosa: cuando sales de tu país llevando una expresión cultural muy asociada a un territorio específico, muchas personas quieren conocerla. A veces eso puede tener algo de exotización, pero también revela que uno porta un conocimiento valioso y ahí aparece algo importante, convertirse en aprendiz de estas tradiciones requiere tiempo, delicadeza y mucho diálogo. Es un trabajo enorme y también un gran tesoro poder compartirlo en otros contextos.

Todo eso ha despertado nuevas preguntas para mi investigación doctoral, me interesa mucho pensar la relación entre la décima, los discursos feministas y el cuerpo. Hace poco vi el documental sobre la cantora Mauricia Saavedra y me impactó cómo aparecía el cuerpo en su relato. Desde entonces he estado reflexionando sobre cómo participa el cuerpo en estas prácticas: al tocar una guitarra, al improvisar, pero también como presencia dentro de los textos y de la tradición literaria siento que mi proyecto doctoral se está orientando cada vez más hacia esas preguntas.

También te he visto realizando talleres allá. ¿Cómo visualizas la creación de redes entre estas tradiciones y otros lenguajes musicales presentes en California?

Creo que Los Ángeles es un lugar privilegiado para eso, es una ciudad que, políticamente y legalmente, es estadounidense, pero culturalmente tiene una presencia mexicana y centroamericana enorme. Aquí existe una actividad muy intensa vinculada al son jarocho: talleres, encuentros y comunidades muy activas. Me interesa mucho acercarme a esa tradición porque compartimos ciertos elementos, como el uso de la copla y, en algunos casos, también de la décima. Además, en México está ocurriendo algo muy interesante con las mujeres dentro de las tradiciones musicales populares, hay procesos de apertura y democratización que dialogan bastante con lo que hemos vivido nosotras en la paya. También me interesa porque encuentro muchos puntos de conexión entre Chile y México, aunque geográficamente parezcan mundos lejanos, existen sensibilidades comunes, especialmente en los movimientos feministas y en las discusiones culturales más recientes. Por eso una de las cosas que más me entusiasma es generar vínculos con la escena del son jarocho en Los Ángeles.

Hay algo muy potente en cómo estas tradiciones ayudan a las personas migrantes o descendientes de migrantes a construir identidad, muchas veces son personas que no se sienten completamente mexicanas ni completamente estadounidenses y encuentran en estas músicas una forma de relacionarse con su historia. A mí me interesa justamente eso: cómo las experiencias de desigualdad, de desplazamiento o de búsqueda de pertenencia dialogan con formas tradicionales de música y poesía. ¿Por qué una mujer en Chile o en México decide que la paya, la décima o una tradición similar será el lenguaje para expresar sus inquietudes, sus dolores o también sus esperanzas?

Porque no se trata solo de rabia, también se trata de esperanza y eso demuestra que estas tradiciones son mucho más amplias de lo que a veces creemos. A menudo se piensa que sirven únicamente para expresar patriotismo o discursos tradicionales, sin embargo, hoy son herramientas vivas, capaces de dialogar con personas y sensibilidades muy diversas.

Justamente por eso me interesaba conversar contigo. Este año en Revista Endémica buscábamos abordar la nueva música chilena y algunas personas podrían pensar que la paya o la décima pertenecen únicamente al ámbito de la música de raíz. Sin embargo, escuchándote, siento que hay una manera muy contemporánea de apropiarse de estas tradiciones.

Exactamente, esto es solo una intuición personal, una especulación más que una afirmación, pero tengo la impresión de que algo similar está ocurriendo en distintos ámbitos de la nueva música chilena y latinoamericana. A mí me encanta la música urbana, contra todo pronóstico. Si pensamos en Argentina, por ejemplo, me parece muy interesante lo que hizo Milo J, recuperando ciertos imaginarios visuales y musicales vinculados al folclore, también pienso en Cazzu, incorporando elementos tradicionales como el malambo en sus presentaciones.

Y, por otro lado, veo que en escenas más alternativas también está ocurriendo algo parecido, bandas emergentes o proyectos que, en teoría, no tendrían relación con los circuitos tradicionales empiezan a interesarse por estos sonidos, imaginarios y formas culturales. Desde mi punto de vista, ese interés es muy positivo, creo que también surge como una respuesta a lo que estamos viviendo globalmente a ciertos avances de posturas conservadoras. Hay una necesidad de volver a mirar estos lenguajes culturales desde nuevas perspectivas. Por supuesto, eso exige mucha responsabilidad, volvemos a la idea de la delicadeza que requiere convertirse en aprendiz de estas tradiciones. No basta con tomar algunos símbolos o referencias y utilizarlos superficialmente, lo interesante es cuando existe una relación respetuosa y profunda con esos universos, por eso me entusiasma ver proyectos que están realizando cruces inesperados entre tradición y contemporaneidad, me parece que es una exploración muy fértil para la música actual.

Además, siento que la paya y la décima dialogan muy bien con la contingencia. Se alimentan constantemente de lo que está ocurriendo en el presente, algo que también sucede con el rap. Quizás por eso esos cruces resultan tan naturales.

Exactamente, ahí la paya tiene algo hermosísimo, para mí, un encuentro de payadores o payadoras es también un espacio de imaginación y de juego, existe una dinámica llamada personificación, donde el público propone dos elementos opuestos y cada participante debe encarnar uno de ellos. Los ejemplos clásicos son el perro y el gato, el agua y el aceite, pero pueden ser también figuras políticas o personajes públicos, lo importante es que no se trata de opinar sobre ellos, sino de convertirse en ellos durante la improvisación.

Recuerdo una vez en que a un compañero y a mí nos tocó personificar a Elisa Loncon y Teresa Marinovic, evidentemente que ese diálogo nunca ocurrirá en la realidad, pero la paya crea una fantasía donde ese encuentro sí es posible. Lo bonito de ese ejercicio es que invita a imaginar conversaciones imposibles, manteniendo siempre una dimensión lúdica, pero también inteligente y desafiante y cuando te toca representar a alguien con quien no estás de acuerdo, el desafío es aún mayor, la responsabilidad del payador o la payadora es habitar ese personaje y sostener esa incomodidad, el público quiere ver cómo se desarrolla ese encuentro ficticio.

A propósito de las reflexiones que he estado haciendo sobre el cuerpo y la improvisación, sueño con que la paya dialogue aún más con otras disciplinas artísticas, me imagino encuentros donde convivan la improvisación teatral, la improvisación poética, el rap, la danza y otras formas de creación en tiempo real. Creo que hay algo muy poderoso en el acto de improvisar, independientemente del lenguaje con que se haga, muchas veces me invitan a espacios que no tienen relación directa con la paya, como Ferias feministas, encuentros culturales o actividades de otro tipo donde aparezco simplemente como “la payadora Perdiz”, más que como parte de un encuentro formal de payadores, eso me encanta, porque demuestra que la improvisación puede dialogar con muchos otros mundos. Hay algo muy especial en ese momento de concentración que ocurre cuando alguien improvisa, no quiero romantizarlo ni convertirlo en algo místico, pero sí existe una intensidad muy particular y poder poner eso en relación con otras disciplinas me parece maravilloso.

Estamos llegando al final. Hay una pregunta clásica que siempre hacemos: ¿qué artistas, discos o músicas has estado escuchando últimamente? ¿Qué recomendarías?

Primero, Violeta Parra. Siempre. Las últimas composiciones es un disco que me acompañará toda la vida y las Décimas autobiográficas son uno de los textos fundamentales de mi formación, tanto musical como poética. También fue muy importante para mí Una mujer como usted, de la payadora Caro López, es un disco hermoso y profundamente conmovedor. Caro no solo es payadora: también es cantora, interpreta tonadas y cuecas, ha hecho un trabajo musicalmente maravilloso dentro de otros ámbitos, me pareció muy interesante lo que hizo Milo J en su reciente Tiny Desk, incorporando elementos como la murga uruguaya y dialogando con distintos imaginarios culturales argentinos.

Y últimamente he estado escuchando mucho flamenco, ahí también encuentro conexiones con el canto a lo poeta y la tradición de las coplas y cuartetas que forman parte de nuestra herencia poética. Ahora me gusta mucho Yerai Cortés, C. Tangana produjo un documental sobre el proceso creativo de uno de sus discos y había una idea que me quedó muy marcada: se decía de Yerai que era moderno entre los modernos y flamenco entre los flamencos, esa definición me parece hermosa. Me gustaría aspirar a algo parecido: poder ser reconocida como payadora dentro de la tradición, pero también dialogar con espacios literarios, académicos o artísticos que están fuera de ella. Es algo que Violeta Parra logró de manera extraordinaria, como decía la profesora Paula Miranda, Violeta fue “la más tradicional de la vanguardia y la más vanguardista de la tradición”, esa tensión me fascina, porque no tiene que ver con mezclar simplemente, sino que pensar en la convivencia de distintos universos sin que ninguno desaparezca. Que la tradición siga siendo tradición y que lo contemporáneo siga siendo contemporáneo, incluso cuando entran en diálogo, me inspiran las contradicciones, las zonas híbridas y las trayectorias impuras. 

“Yo soy una payadora súper impura y eso me inspira, todo lo que se declara impuro y muestra las hebras de esa impureza.”

Mi propio recorrido ha sido así: una formación atravesada por muchos territorios, muchas personas y muchas influencias, por eso me gusta pensarme como una payadora profundamente impura. Y lejos de verlo como un problema, lo entiendo como una riqueza, todo aquello que se reconoce complejo, contradictorio e impuro me inspira, es por eso que me dan ganas de investigarlo, cantarlo, escribirlo y encarnarlo.

 Antes de cerrar, hay una pregunta que se me quedó en el tintero. ¿Por qué decidiste ir a estudiar a California? ¿Cómo hiciste posible ese camino? ¿Tienes alguna beca o apoyo?

La verdad es que, si me hubieran preguntado hace cinco años si iba a estar haciendo un doctorado en Los Ángeles, probablemente no lo habría imaginado, una de las principales razones por las que muchos estudiantes llegan a Estados Unidos son las posibilidades de financiamiento. En mi caso, fui becada directamente por UCLA, que financia mis estudios, el proceso de postulación a doctorados en Estados Unidos tiene muchas aristas, existen programas muy sólidos en estudios latinoamericanos, aunque también aparecen contradicciones evidentes. Uno podría preguntarse por qué estudiar los problemas culturales y literarios de América Latina desde Estados Unidos y no desde Argentina, Chile o México, con acceso directo a los archivos, los territorios y el trabajo de campo. Sin embargo, también existe una realidad material: las posibilidades de financiamiento suelen ser más amplias aquí que en muchos países latinoamericanos.

Postulé a varias universidades y finalmente fui admitida en UCLA. Además, California me interesaba especialmente por su historia, su composición demográfica y la fuerte presencia de comunidades latinoamericanas. Para mí era importante llegar a un lugar donde esa dimensión cultural estuviera tan presente, Los Ángeles, es una ciudad muy distinta a cualquier ciudad chilena, tiene otra escala, otra lógica urbana, pero al mismo tiempo es una ciudad inmensamente estimulante a nivel cultural. Y no solo por lo que uno asocia inmediatamente con Hollywood, sino también por toda una escena más independiente, autogestionada y políticamente activa.

Lo que más me ha sorprendido es la apertura que existe para experimentar. Yo vengo de una formación académica más tradicional, que valoro mucho porque aprecio profundamente la rigurosidad, pero aquí he encontrado una disposición mayor a mezclar prácticas, disciplinas y formatos. Por ejemplo, se entiende como algo positivo que una investigadora también sea música, o que una artista investigue la práctica que desarrolla, incluso existe interés por que una tesis dialogue con esos lenguajes, o que un texto académico incorpore recursos narrativos que acerquen el conocimiento a más personas. Esa mirada me ha entusiasmado mucho, me ha hecho pensar que estos años de investigación pueden dialogar directamente con mi trabajo como payadora y con el canto a lo poeta. Hay una invitación constante a explorar formas más experimentales de producción de conocimiento y eso me parece muy estimulante.

Perfecto. Bueno, querida, muchas gracias nuevamente por participar en esta entrevista. Ha sido un gusto conversar contigo. Me llevo muchas reflexiones, ha sido muy valioso compartir este momento.

Qué bueno, qué alegría. Muchas gracias a ti, fue una conversación muy bonita.