Pianista, compositor, productor y estratega de la industria musical, Gustavo Cerqueiras ha construido una trayectoria que comenzó en Talca y que hoy se despliega entre la creación artística, la gestión y la circulación internacional. Su recorrido atraviesa la formación clásica, el jazz, las músicas de raíz, la producción audiovisual y el trabajo detrás de escena que permite que los proyectos musicales crezcan y encuentren nuevos públicos.
Desde su experiencia junto a Holman Trío hasta su trabajo actual conectando artistas, instituciones y actores de la industria en distintos territorios, Gustavo ha ido ampliando su mirada sobre lo que significa construir una carrera musical. En ese camino, el networking, la colaboración y la estrategia se han convertido en herramientas tan importantes como la propia creación.
En esta conversación para Maulinxs por el Mundo, volvemos a sus raíces en el Maule para hablar de música, profesionalización e internacionalización, pero también de todo aquello que ocurre detrás del escenario y que muchas veces permanece invisible.
Para comenzar, cuéntame sobre tus inicios en la música. Además de haber crecido rodeado por una tradición artística familiar importante, ¿cómo influyeron esas experiencias en el músico que eres hoy?
En mi entorno familiar más cercano no había músicos activos, pero sí una herencia artística que venía de generaciones anteriores. En mi familia estaban los Ortiz de Zárate, figuras relevantes para el arte chileno. Crecí escuchando historias sobre ellos, lo que despertó mi interés por la cultura y la creación artística desde muy pequeño.
También tenía familiares vinculados a la música académica. Por ejemplo, Alejandra Ortiz Zárate, violonchelista de la Orquesta Sinfónica de Antofagasta, y otros músicos de la familia que desarrollaron carreras importantes. Aunque existía ese legado, mi camino musical fue bastante personal.
“Soy talquino de corazón: toda mi historia musical nació en el Maule”
Recuerdo que mi tío Edgardo, que trabajaba como inspector en el Colegio Salesiano, me llevaba con frecuencia al colegio. Allí vi un piano por primera vez. Lo toqué y me enamoré inmediatamente de la música. Sin embargo, veníamos de una familia muy humilde y estudiar piano parecía algo totalmente fuera de nuestro alcance. Afortunadamente apareció la profesora Mirta Bustamante Marquez, de la Universidad de Talca. Yo tenía alrededor de nueve años cuando decidió becarme. Dijo: “Este chico tiene que estudiar piano”, y gracias a ella pude acceder a cuatro años de formación con la profesora Maria Ines Villarroel y Elena Shervakova, además de participar en el coro infantil.

¿Y desde ese momento supiste que querías dedicarte a la música?
Sí. Aunque estudié piano clásico, siempre sentí una atracción muy fuerte por la improvisación y la música moderna. En esa época existía una división muy marcada entre la formación clásica y otros estilos como el jazz. Muchas veces parecía que interesarse por otros lenguajes musicales no era bien visto. Aun así, la formación clásica fue fundamental. En ese momento me costó entenderlo, pero con los años valoré enormemente la técnica que aprendí de mis maestros. Gracias a ella pude desarrollarme en el jazz, la improvisación y enfrentar una carrera profesional sin problemas físicos asociados a la ejecución del instrumento. Además, con el coro de la Universidad de Talca vivimos experiencias maravillosas. Viajamos a Brasil, grabamos discos y participé en proyectos como Recados de Gabriela Mistral junto a Barroco Andino. Desde niño estuve profundamente vinculado a la música y tenía claro que quería convertirla en mi profesión.
Luego te trasladaste a Santiago para estudiar en la Universidad de Chile. ¿Podríamos decir que fue tu primera migración?
Sí, de alguna manera lo fue. Antes ya había tenido mis primeras bandas en el Colegio Salesiano de Talca. Ahí conocí, entre otros, a Rigoberto Cárcamo, actual integrante de La Candelaria. Había mucho movimiento musical y una comunidad muy activa. Inicialmente estudié Artes Gráficas, porque la carrera de música que existía en el establecimiento había cerrado justo antes de que yo ingresara. Me titulé de técnico y realicé mi práctica en Santiago, pero seguía decidido a dedicarme a la música, así que postulé a MUSPOP de la Universidad de Chile. Fue una etapa extraordinaria. Tuve la oportunidad de estudiar con maestros como Patricio Salazar, Roberto Trujillo, Daniel Navarrete, Francisco Aranda, Fabio Salas y muchos otros referentes de la música popular chilena. Más que profesores, eran músicos en plena actividad, con una enorme experiencia profesional.
¿Cómo influyó ese entorno en tu desarrollo profesional?
Muchísimo. Ellos eran músicos acostumbrados a trabajar con artistas de primer nivel y tenían una mirada muy práctica del oficio. Aprendí que la música profesional exige preparación constante, lectura a primera vista, versatilidad y disciplina.
Gracias a ese entorno comenzaron a surgir mis primeras oportunidades laborales. Primero participé como corista en distintas giras y luego Roberto Trujillo me invitó a tocar con Palmenia Pizarro. Esa fue una experiencia muy importante porque por primera vez me encontré frente a escenarios enormes y audiencias de miles de personas. Recuerdo conciertos multitudinarios y teatros llenos. Además, compartí con músicos históricos de una calidad impresionante. Fue una escuela extraordinaria.
Imagino que también te permitió conocer la realidad de la profesión.
Exactamente. Uno cree que al tocar con artistas reconocidos automáticamente alcanza estabilidad económica, pero la realidad es distinta. Descubrí que la carrera musical requiere mucho esfuerzo y que vivir exclusivamente de los conciertos puede ser complejo. Ahí empecé a entender algo que marcaría mi trayectoria: no todo depende del talento musical. También son fundamentales las relaciones humanas, la capacidad de trabajar en equipo y construir redes profesionales. Más adelante eso se transformó en uno de mis principales intereses: el networking estratégico. Pero sus primeras semillas nacieron en esos años, cuando comprendí que formar parte de la comunidad musical era tan importante como tocar bien un instrumento.

Claro. Tu camino comenzó con el piano, la interpretación y el canto, pero después se amplió hacia la composición, los arreglos y la producción musical. ¿Cómo se fue dando esa evolución?
Siempre he sido una persona muy creyente y me preguntaba constantemente cuál era el camino que debía seguir. En esos años conocí a Coni Lewin, de Supernova, y nos hicimos muy amigos. A través de ella conocí el trabajo de su esposo, que era productor musical y tenía un estudio en casa donde grababan distintos proyectos.
Para mí fue una revelación. Entendí que la música no era solamente tocar un instrumento: había diseño sonoro, mezcla, mastering y una serie de conocimientos técnicos que desconocía. En un principio me sentí abrumado porque comprendí que me faltaba mucho por aprender.
Empecé a frecuentar el estudio gracias a Sebastián Pino, quien me abrió las puertas y me permitió observar y practicar. Ahí aprendí que grabar en estudio es muy distinto a tocar en vivo. Puedes ser un gran músico, pero la grabación exige otra disciplina. Descubrí a los músicos de sesión, esos intérpretes capaces de llegar, leer una partitura y ejecutar perfectamente en una sola toma. Yo tocaba bien, pero no tenía esas herramientas. Entonces aprendí desde la práctica, equivocándome mucho al principio. Poco a poco entendí que la interpretación debía considerar también el diseño sonoro: cómo dialoga un piano con una guitarra, con el bajo o con la batería dentro de una mezcla. Ahí empecé realmente a comprender lo que significa producir música.
¿Y cómo continuó ese aprendizaje?
Paralelamente a mis estudios, siempre estuve componiendo. Cuando me titulé en 2009, me acerqué a Ernesto Holman porque quería tocar con él. En ese momento comenzó una colaboración que terminaría siendo fundamental en mi desarrollo. La grabación del primer disco de Holman Trío, en los estudios de Radio Horizonte, fue una experiencia clave. Ahí tuve contacto directo con la producción musical, la ingeniería de sonido y el diseño sonoro junto al ingeniero Miguel Bahamonde. Ese proceso amplió completamente mi visión de la música.
Sin embargo, todavía quería entender cómo se construían proyectos exitosos y cuál era la lógica detrás de la industria. Fue entonces cuando apareció una oportunidad decisiva. Clarita Silva me invitó a participar en un taller de Cris Zalles, compositor y productor que había trabajado con artistas como Ricky Martin, Chayanne, Luis Fonsi y Arjona. Ese taller me cambió la vida. Por primera vez entendí que detrás de una canción existe una metodología de trabajo: cómo se construyen los conceptos, cómo se piensa una obra para determinado público y cómo el marketing comienza incluso antes de que la canción sea lanzada. Además, ese día conocí a amigo Ludwig Hardie, productor ejecutivo con quien más adelante desarrollaría una importante colaboración profesional.

¿Y ahí comienza tu relación con la producción para televisión?
Exactamente. A través de Ludwig llegué al mundo audiovisual. Un día coincidimos en su productora Trulalá SPA y me comentó que necesitaba a alguien que se encargara de licencias musicales y producción musical para sus proyectos. Así entré a trabajar en producciones para publicidad y televisión, entre ellas Príncipes de Barrio. De pronto me encontré convocando artistas, gestionando música para series y participando en procesos creativos cada vez más amplios. Tuve la oportunidad de trabajar con músicos como Manuel García, Claudio Valenzuela de Lucybell, el Macha y muchos otros artistas. Mi trabajo consistía en conectar proyectos con los músicos adecuados y desarrollar contenidos para televisión. Ahí comprendí que la producción musical también implicaba gestión, coordinación y una profunda comprensión de la industria. El fenómeno Holman Trío y la construcción de un lenguaje propio.
Me interesa mucho la experiencia de Holman Trío. Había una búsqueda sonora muy particular, donde convivían el jazz, elementos contemporáneos y referencias a la cultura mapuche. ¿Cómo fue participar en ese proceso?
Ernesto Holman es una figura extraordinaria y un referente internacional por el lenguaje único que desarrolló desde el bajo eléctrico. Cuando lo vi tocar por primera vez quedé impactado. Su trabajo recogía elementos rítmicos y sonoros inspirados en la cultura mapuche y los transformaba en una propuesta innovadora dentro del jazz.
Cuando comenzamos a trabajar juntos, uno de los principales desafíos fue trasladar ese lenguaje al piano. Durante meses nos reunimos a estudiar y desarrollar una forma de traducir sus ideas musicales al teclado, buscando una sonoridad propia que dialogara con su propuesta.
Con el tiempo, ese trabajo se amplió junto al baterista Josué Villalobos. Entre los tres fuimos construyendo un lenguaje musical que terminó teniendo una importante repercusión internacional. Siempre me gusta destacar que fue un proceso profundamente colaborativo: Ernesto desarrolló la propuesta original, mientras que el trabajo armónico, pianístico y rítmico fue tomando forma a través del aporte de todo el equipo. A veces, por razones mediáticas, las historias terminan simplificándose y se pone el foco en una sola figura. Sin embargo, detrás de Holman Trío hubo un intenso trabajo creativo colectivo que pocas veces se cuenta, y creo que también es importante reconocer esa construcción compartida.

Hablando de esos trabajos que muchas veces son invisibles, hoy estás mucho más ligado a la gestión, el management y la industria musical. ¿Cómo se produjo esa transición?
Fue algo muy natural. Todo comenzó desde la música. Entre 2011 y 2017 desarrollé distintos trabajos para TVN, componiendo música para programas, teleseries y proyectos institucionales. Ahí empecé a interesarme por algo que muy pocos músicos observaban: qué ocurría con las obras después de ser publicadas. Comencé a estudiar cómo funcionaban los derechos, las sincronizaciones, las licencias y los sistemas de recaudación. Analizaba cuándo sonaba una obra, cuánto generaba y cómo se distribuían esos ingresos.
“Detrás de cada artista hay una estrategia que nadie ve”
Llegué a desarrollar mis propios sistemas de seguimiento y eso me permitió comprender profundamente el mundo del publishing musical. Más adelante empecé a asesorar artistas y proyectos, explicando cómo funcionaban las sincronizaciones, la ejecución pública y las licencias. Paralelamente seguía trabajando en televisión y en producciones audiovisuales, negociando contratos, permisos y acuerdos con sellos, canales y editoriales musicales. Todo eso me permitió adquirir una visión integral de la industria. Con el tiempo, mi interés se desplazó hacia algo que hoy considero fundamental: el networking estratégico.
¿Cómo defines ese concepto?
Como la capacidad empática de crear conexiones de alto valor. Muchas personas confunden networking con lobby, pero para mí tiene que ver con construir relaciones genuinas que permitan desarrollar proyectos sostenibles en el tiempo. La industria musical no se puede enseñar completamente desde un libro. Hay conocimientos técnicos que se estudian, por supuesto, pero gran parte de lo que sucede se aprende viviéndolo. Eso me llevó a comprender cómo se posiciona un artista, cómo circula internacionalmente y cómo se construyen alianzas estratégicas. Hoy gran parte de mi trabajo consiste en acompañar a artistas y organizaciones culturales en esos procesos.
He participado en mercados internacionales, festivales, evaluaciones de proyectos y programas de formación. También realizo mentorías y charlas donde comparto metodologías para la circulación artística y la internacionalización. Porque al final no se trata simplemente de pedir una oportunidad. Se trata de construir una estrategia, generar valor y entender cómo funciona el ecosistema completo.

Claro. Has recorrido prácticamente cada etapa del proceso en la música.
Exactamente. Creo que esa es la principal fortaleza de mi trabajo actual. He vivido cada una de esas etapas: como músico, compositor, productor, gestor y asesor.
Por eso cuando acompaño un proyecto no hablo desde la teoría, sino desde la experiencia. Conozco los desafíos, los errores y las oportunidades porque los he vivido personalmente. Y eso me permite ayudar a otros artistas a recorrer ese camino de una forma más consciente y estratégica.
Me interesa mucho conocer esa parte de la industria que ocurre detrás de escena, porque muchas veces parece invisible, pero hay un trabajo enorme ahí.
Totalmente. Ahí está la gestión cultural, ahí está la resistencia.
Cuéntame sobre Music In fusion. ¿Qué es y en qué estás trabajando actualmente?
Tengo dos empresas. Music InFusion nace de una necesidad muy simple: colaborar.
Con los años fui construyendo relaciones con personas muy influyentes dentro de la industria musical internacional. Una de ellas fue Leonardo Pavkovic, una figura histórica de la música con quien desarrollé una amistad profunda a partir de su vínculo con Ernesto Holman. Nos conocimos cuando vino a verlo tocar y desde entonces coincidimos en distintos proyectos, conciertos y festivales alrededor del mundo. Leonardo ha trabajado con artistas y proyectos muy importantes. Gracias a esa trayectoria ha construido una red internacional extraordinaria. Con el tiempo entendí que todo ese conocimiento y esas conexiones podían transformarse en oportunidades para otros artistas. Por eso creamos el colectivo Music Infusion: un centro de colaboración y conexiones internacionales. La idea no era financiar un colectivo, sino abrir puertas, generar oportunidades y aumentar las posibilidades de circulación y contratación para artistas de distintos territorios.
¿Cómo se materializa ese trabajo?
A partir de las redes internacionales que hemos construido. Por ejemplo, estamos desarrollando proyectos con distintos mercados musicales y generando espacios de formación e intercambio. La idea es que los promotores, festivales y organizaciones que ya trabajan con nosotros puedan descubrir nuevos proyectos a través de esta red. No se trata solo de representar artistas, sino de crear un ecosistema colaborativo. En ese contexto conocí a Almudena Tomás durante el MJazz Barcelona, el primer mercado iberoamericano de jazz. Ella tenía una visión muy similar a la mía y entendía la importancia del trabajo colectivo. Juntos creamos este proyecto internacional que hoy reúne perfiles de alto nivel de la industria musical. Lo más importante era encontrar personas que entendieran que el trabajo colaborativo está por encima del protagonismo individual. Al final, de eso se trata el networking: aprender a colaborar.
¿Y cómo se relaciona eso con Altus Music?
Altus Music surge como una evolución natural de ese trabajo. Lo que hicimos fue sistematizar procesos de circulación artística. Desarrollamos metodologías que permiten diseñar estrategias de posicionamiento a dos años, con planificación de lanzamientos, campañas y objetivos muy concretos. Trabajamos con herramientas tecnológicas que permiten analizar métricas, audiencias y territorios. Así el artista puede presentarse ante un promotor con información real: dónde está su audiencia, qué resultados tienen sus campañas, en qué territorios existe interés por su música y cómo puede apoyar la promoción de un concierto o festival. Eso cambia completamente la conversación. Ya no se trata de decir: “Por favor, contrátame para tu festival”. Se trata de llegar con una propuesta sólida y datos que reduzcan el riesgo para quien organiza.

Es una manera distinta de entender la industria.
Exactamente. Muchas veces digo algo que genera discusión: la industria de la música no funciona principalmente bajo un modelo de venta, sino de demanda. Muchos artistas creen que alguien va a salir a vender sus conciertos, pero la realidad es que primero debe existir interés, posicionamiento y comunidad. Cuando existe esa demanda aparece el booking para administrar oportunidades y organizar la circulación. Por eso insisto tanto en la estrategia. El artista debe entender cómo posicionarse, dónde dirigir sus recursos y cómo construir valor alrededor de su proyecto. Actualmente Music InFusion reúne diferentes alianzas e iniciativas internacionales enfocadas precisamente en eso: circulación, posicionamiento y desarrollo estratégico.
¿Cuántos artistas están trabajando hoy con ustedes?
Yo personalmente ya no trabajo directamente con artistas. Mi rol está más enfocado en las instituciones, como mentor y estratega. Dentro de Music InFusion, Almudena y el equipo desarrollan el trabajo más cercano con los artistas, mientras yo asesoro procesos y conecto con instituciones, oficinas de exportación, sellos y otros actores del ecosistema musical. Mi enfoque es compartir conocimiento y experiencia, ayudar a entender el ecosistema y entregar herramientas para que cada artista tome sus propias decisiones. También trabajamos con una red internacional de bookers, gestores y especialistas en circulación, además de herramientas tecnológicas para facilitar conexiones entre artistas y oportunidades reales.
Dentro de ese trabajo también se han generado colaboraciones con figuras muy relevantes de la música internacional. A través de MoonJune, por ejemplo, estamos trabajando con artistas como Diego Amador, conocido como “el Mozart gitano” y creador del piano flamenco, y Jeff Berlin, a quien considero uno de los grandes arquitectos del bajo de los últimos 40 años. Con él estamos negociando actualmente con Flatiron, la compañía dirigida por Bill Hein. Con MoonJune, estamos colaborando con figuras como Gary Husband y David Jackson, hace poco realizamos un concierto en la Radio Nacional Suiza, y otro, en Bellinzona, Italia, junto a Soft Machine. Son experiencias que muestran cómo estas redes pueden traducirse en colaboraciones y oportunidades concretas de circulación internacional.
También nos pasa que muchas veces nos encontramos con grandes talentos que no tienen los recursos necesarios para acceder a esas oportunidades. Por eso, una parte importante de nuestro trabajo consiste también en orientar postulaciones, estrategias de financiamiento y acceso a fondos públicos o privados. El objetivo es generar conexiones, pero también entregar las herramientas para que esas conexiones puedan transformarse en proyectos sostenibles.
Pensando en quienes están comenzando, especialmente en regiones como el Maule, ¿qué habilidades debería desarrollar un artista para insertarse en la industria musical?
Lo primero es entender el ecosistema de la industria musical. Hay que saber qué hace un sello, una distribuidora digital, una editorial musical, cómo funcionan las licencias y de qué manera todos esos actores trabajan de forma coordinada. La música no es solo crear canciones; existe toda una estructura detrás. Lo segundo es comprender el networking estratégico, que para mí es la capacidad de generar conexiones de alto valor desde la empatía y la colaboración. No se trata de pedir favores, sino de construir relaciones y desarrollar una estrategia de posicionamiento. También hay que asumir una realidad: este camino no es fácil. Vengo de una familia humilde y durante años me pregunté cómo podía vivir de la música. Hubo mucho ensayo y error, momentos de incertidumbre y mucho aprendizaje antes de ver resultados. Muchas veces la gente ve los logros, pero no el recorrido que hubo detrás.
Por eso recomiendo buscar mentores, asistir a mercados de industria, conversar con gestores culturales y aprovechar cada instancia para aprender. Yo crecí observando a personas con más experiencia, preguntando y tratando de entender cómo habían construido sus carreras. El conocimiento existe; hay que salir a buscarlo.
Y ahora que vives en el extranjero, ¿cómo ves la industria musical chilena y particularmente la del Maule?
Chile ha hecho un esfuerzo enorme en materia de internacionalización musical. Existe una articulación entre instituciones públicas y privadas que no siempre se encuentra en otros países de América Latina. Por ejemplo, hoy existe una mesa de internacionalización impulsada desde Chile Música e IMICHILE, en la que participan ProChile, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, la SCD y DIRAC. Es una articulación que genera espacios, programas y redes para que los artistas puedan proyectarse internacionalmente. Hoy existen herramientas, conocimiento y oportunidades. Lo importante es acercarse a ellas. No siempre las puertas se abren de inmediato, porque hay mucha competencia y el camino sigue siendo difícil.
La clave es prepararse para la internacionalización desde el comienzo. No creo en la idea de que primero debes conquistar tu ciudad, después tu región, luego tu país y recién después pensar en el mundo. Hoy tu proyecto puede nacer pensando globalmente desde el primer día. Debes saber quién eres, cuál es tu propuesta, dónde está tu audiencia, tener un dossier sólido y comprender cómo presentar tu trabajo internacionalmente. Cuando llegas con esa claridad te transformas en un partner de bajo riesgo para programadores, festivales y promotores. Y ahí empieza realmente el proceso de internacionalización.
“El que persevera alcanza. Todos los que se la juegan llegan, más tarde o más temprano.”

Claro, el mundo hoy está demasiado conectado como para pensar solamente en un territorio.
Exactamente. Hoy hay que pensar en el mundo desde el primer día. Esa es una de las grandes lecciones que he aprendido en este camino.
¿Y cómo ves la escena musical desde el Maule?
En el Maule hay mucha música y también existen iniciativas valiosas para los artistas. Lo importante es aprovechar esos espacios para adquirir conocimiento, generar redes y entender cómo funciona la industria. He visto proyectos interesantes y artistas con mucho potencial. Recuerdo, por ejemplo, a Rama, un proyecto de hip hop de Linares, que conocí en una de estas instancias. Ahí es donde se empiezan a abrir puertas de programación y circulación. Pero antes de cualquier oportunidad, lo fundamental es tener clara una estrategia de posicionamiento. Si no existe ese trabajo previo, es muy difícil avanzar, especialmente cuando quieres entrar en circuitos nacionales o internacionales.
Ya para cerrar, en Maulinxs por el Mundo siempre terminamos hablando de música. ¿Qué estás escuchando actualmente? ¿Qué artistas te hacen vibrar hoy?
Mis gustos han cambiado mucho con los años. Antes escuchaba muchísimo a Michael Jackson, Phil Collins o Alejandro Sanz. Hoy tengo un espectro bastante amplio.
Escucho a Dewa Budjana, uno de los artistas más importantes de Indonesia; también a Dwiki Dharmawan, Steve Vai, Beat, Stick Men, Markus Reuter, Tony Levin, Xavi Reija, Patt Mastelotto, Gong y Osanna. Escucho mucho a Diego Amador, creador del piano flamenco, a quien admiro profundamente y compartimos una linda amistad.
También sigo escuchando música popular. Me interesa entender cómo funcionan los procesos creativos y de producción detrás de grandes artistas. Escucho a Aitana, Ricky Martin, Chayanne, Sia, Lady Gaga y muchos otros proyectos contemporáneos.
Como pianista y compositor, además vuelvo constantemente a referentes como Brad Mehldau, John Williams, Hans Zimmer, Wagner, Chopin, Schumann y Rachmaninoff. También sigo a músicos actuales como Jesús Molina y Justin-Lee Schultz. Al final escucho música que me inspire como compositor y que me permita seguir aprendiendo.
¿Y qué artistas chilenos destacarías hoy?
Hay muchísima música chilena que me gusta. Escucho a Nano Stern, Niña Tormenta, Brígida Orquesta, Golosa La Orquesta, Gaspar Luna, Alma Pájara y Mora Lucay, entre muchos otros. También sigo con atención proyectos vinculados a la world music que impulsa Alejandro Orellana. Por supuesto, escucho a Congreso, Los Jaivas, Quilapayún y Joe Vasconcellos. Tengo un vínculo afectivo con muchos de esos proyectos, porque he tenido la oportunidad de compartir con varios de sus integrantes a lo largo de los años. También sigo artistas de distintos estilos, desde propuestas emergentes hasta proyectos más populares como Supernova. La verdad es que me encanta la música chilena y creo que hoy hay una enorme cantidad de personas haciendo cosas muy interesantes.
Gustavo, muchas gracias por tu tiempo y por compartir parte de tu historia. Más allá de tu trayectoria, siento que en esta conversación también compartiste muchísimo conocimiento sobre cómo funciona la industria musical.
Gracias a ti. Me alegra mucho poder aportar desde la experiencia. Todo lo que he aprendido ha sido a través del trabajo, los errores y los años de recorrido.
Lo valoro especialmente porque siempre me ha interesado lo que ocurre detrás del escenario. Durante un tiempo también trabajé vinculada a la gestión musical y al acompañamiento de bandas, así que sé el esfuerzo que implica todo ese trabajo invisible.
Claro que sí. Es un trabajo enorme y muchas veces poco visible. Gracias a ti. Un abrazo y cuenta conmigo para lo que necesites.