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Camila Osses “La música es una práctica cultural, no se puede encasillar”

por Carola Castro

Para quienes vieron Gambito de dama, Rusia y Estados Unidos quedaron unidos en el imaginario por un tablero donde el talento, la disciplina y la búsqueda de una voz propia se enfrentaban más allá de las fronteras. La trayectoria de la pianista Camila Osses recuerda, por momentos, ese cruce de mundos. Formada en Talca y Santiago de Chile, perfeccionada en San Petersburgo, luego Oregon y hoy radicada en Arkansas, su historia transita entre dos tradiciones culturales que han marcado profundamente la música clásica. Pero, a diferencia de la ficción, aquí no hay vencedores ni derrotados: hay una artista que ha convertido el viaje en una forma de aprendizaje y que hoy combina la interpretación, la investigación y la divulgación para tender puentes entre repertorios, países y generaciones. En esta conversación, Camila reflexiona sobre el valor de la educación artística, la recuperación del patrimonio musical chileno y la necesidad de entender la música como un territorio abierto, donde las etiquetas importan mucho menos que la curiosidad.


Camila, yo te encontré por Google, no te conocía de otro mundillo artístico. Yo igual soy música, pero más de la música popular. Entonces, para mí la música clásica es como un mundo completamente nuevo, pero agradecida de la magia de Google de poder haberte encontrado, ha sido una sorpresa descubrir tu trabajo y saber que estás viviendo en Estados Unidos. ¿Dónde estás ahora exactamente?


Estoy en Arkansas y ya llevo tres años aquí.

¿Y antes vivías en otro lugar de EE.UU.?


Sí, antes estuve cuatro años en Oregon. En total ya son siete años viviendo en Estados Unidos.

Es bastante tiempo. Me gustaría retroceder un poco en tu historia. ¿Cuándo aparece la música en tu vida? ¿Cuáles son tus primeros recuerdos vinculados a ella, y en particular a la música clásica?


Lo tengo muy claro. Uno de mis recuerdos más antiguos es un pianito de juguete que me regalaron cuando tenía cinco o seis años. Venía con partituras sencillas y, aunque no entendía ni música ni inglés, pasaba horas explorándolo. Creo que ahí nació mi curiosidad por la relación entre los símbolos escritos y los sonidos. También descubrí que podía sacar melodías de oído; recuerdo que reproducía la música de un comercial de Coca-Cola y eso me fascinaba. Después mi hermano recibió un teclado infantil con micrófono y nos pasábamos el tiempo cantando y jugando. Más adelante, una tía me prestó un teclado Casio mucho más grande, que usé tanto que terminé rompiéndole una tecla.

Pero el verdadero punto de inflexión fue que esa misma tía tenía un piano vertical en su casa. No estaba en las mejores condiciones, pero era un piano real. Como vivíamos cerca, iba a tocar con frecuencia y me impresionó muchísimo la sensación de las teclas. Mi prima me enseñó una pieza muy sencilla y, a partir de ahí, mi mamá empezó a buscar dónde pudiera estudiar piano de manera más formal. Lo curioso es que en mi familia no había músicos profesionales. Había personas cercanas a la música, como mi abuela y algunas tías que tocaban guitarra, pero fue principalmente mi mamá quien impulsó ese camino.

¿Y cuántos años tenías cuando empezaste a tocar un piano de verdad?

Debía tener unos siete años. Lo que más recuerdo de esa época no es una pieza en particular, sino la sensación física del piano. El peso de las teclas me fascinó desde el primer momento y supe que quería tocar un piano de verdad. Como no teníamos recursos para clases particulares, mi mamá me inscribió en los talleres de la Casa de la Cultura de Talca, donde enseñaban teclado eléctrico. Pero yo insistía en que quería piano. Entonces ella averiguó sobre el programa de formación de la Escuela de Música de la Universidad de Talca y, gracias a una evaluación socioeconómica, pude acceder a una beca parcial e ingresar a los ocho años.

Comencé estudiando con una profesora chilena, pero poco después la pianista rusa Yelena Scherbakova pidió que me incorporara a su clase. Acepté encantada. Para entonces ya estaba completamente inmersa en la música: asistía a los conciertos de la universidad, escuchaba a pianistas invitados y les pedía autógrafos al terminar. Ver interpretar a compositores como Chopin me parecía algo fascinante.

Estabas completamente hipnotizada por el piano.

Totalmente. Y gran parte de eso se lo debo a mi mamá, que siempre estuvo buscando oportunidades para que pudiera estudiar, aunque los recursos fueran limitados. Y también a mi abuelo que, con mucho esfuerzo, hizo una donación a mis padres para que pudieran comprarme un piano de cola medio artesanal que vendía una persona autodidacta en Constitución.

Y, de alguna manera, la Universidad de Talca terminó siendo una presencia constante en tu formación.

Sí. Pasé gran parte de mi infancia en la Escuela de Música de la Universidad de Talca y fue un lugar fundamental en mi formación. Mi profesora organizaba conciertos con sus estudiantes y me invitó a participar desde muy pequeña. Mi primer recital fue en el Museo O’Higginiano de Talca, algo que mi familia recuerda con mucho cariño. También impulsaba actividades en escuelas y colegios, llevando pianos a lugares donde muchos niños nunca habían visto uno de cerca. Eso me marcó porque entendí que la música podía llegar mucho más allá de los escenarios tradicionales. Cuando Yelena fue desvinculada de la universidad fue un golpe muy duro. Sin embargo, ella y mi familia hicieron todo lo posible para que siguiera estudiando con ella. Gracias a una beca pude ingresar al Instituto Cultural de Providencia y durante dos años viajé todas las semanas desde Talca a Santiago para tomar clases, mientras intentaba compatibilizar el colegio con la música.

¿Y cómo fue el paso desde esa formación inicial hasta convertirte en una profesional de la música?

Cuando se creó el Conservatorio de la Universidad Mayor, mi profesora, Yelena Scherbakova, comenzó a enseñar allí y, gracias a una beca, pude seguir estudiando con ella. A los 15 años me mudé a Santiago para dedicarme de lleno al piano. No fue fácil dejar Talca, pero tenía claro que quería ser pianista. Estudié 13 años con la misma maestra, algo poco habitual. Ella marcó profundamente mi formación y también fue quien me acercó a su antiguo profesor, el pianista ruso Oleg Malov. Cuando lo conocí en unas clases magistrales quedé fascinada y empecé a soñar con estudiar en Rusia.

Viví cuatro años y medio en San Petersburgo, entre 2012 y 2016, y obtuve el título de Especialista, que posteriormente validé en Chile como equivalente a un máster. Sin embargo, más allá del título, lo más importante fue la experiencia. Estar allí me permitió conocer una tradición musical donde la formación artística comienza desde edades muy tempranas y ocupa un lugar central dentro de la cultura. Esa experiencia transformó por completo mi manera de entender la música y mi desarrollo como pianista.

Claro, hay toda una tradición y una estructura de política pública detrás.

Exacto. En Rusia la música es una política de Estado y forma parte de la vida cotidiana. La gente asiste a conciertos de manera habitual y existe una infraestructura cultural enorme. Por ejemplo, en el conservatorio todos los conciertos de estudiantes eran gratuitos y se llenaban de público. No iban solo compañeros o familiares; asistía gente de la ciudad porque genuinamente le interesaba escuchar lo que estaba pasando ahí.

Además, en San Petersburgo teníamos acceso a una oferta cultural impresionante. Había ópera, ballet y conciertos prácticamente todos los días. Como estudiante podía acceder a entradas muy económicas, y aunque a veces terminaba sentada al fondo o incluso de pie, lo importante era estar allí y escuchar. Esa experiencia me permitió absorber una enorme cantidad de música durante esos años. Más que las clases mismas, fue vivir en una ciudad donde la cultura estaba presente en todas partes lo que terminó transformando mi manera de entender la música.

 Me encanta todo lo que cuentas de Rusia. Desde acá tenemos muy poco contacto con lo que ocurre allí y, sin embargo, sigue siendo una referencia mundial para la música. Además, me parece muy valiente que te hayas atrevido a ir tan lejos y a una cultura tan distinta.

Sí, fue una experiencia intensa. Entre los estudiantes latinoamericanos nos apoyábamos mucho. Había compañeros de Ecuador, México y otros países que, como yo, sentíamos que veníamos un poco más atrás en términos de formación. También estaban los españoles, que en general llegaban con más recursos y otras oportunidades, pero todos trabajábamos muchísimo. La verdad es que nadie podía relajarse. Quien no estudiaba seriamente terminaba quedándose atrás o incluso dejando el programa. Los más talentosos trabajaban todo el día.

 ¿Y cómo eran las condiciones de vida allá?

La residencia estudiantil era muy barata, pero bastante precaria. Compartíamos habitaciones grandes y antiguas, con todos los problemas que uno puede imaginar. Pero tenía algo maravilloso: salas de estudio con pianos de cola. Yo iba a estudiar en pijama, con calefacción, pantuflas y una taza de té. Los pianos eran viejos, pero seguían siendo pianos de cola. Para mí eso era un lujo que nunca habría tenido en casa.

 Y además con la exigencia permanente del conservatorio.

Exacto. Los profesores eran muy duros. Si uno no estaba comprometido, te lo hacían saber rápidamente. Había una idea muy fuerte de que la música no era simplemente una carrera, sino una vocación que exigía dedicación total. Pero lo que más me marcó fue que no bastaba con tocar bien. En Rusia te preguntaban constantemente: ¿qué quieres decir como artista?.

O sea, la técnica era solo el punto de partida.

Exactamente. Tocar bien era lo mínimo. Después venía la pregunta importante: ¿cuál es tu propuesta?, ¿qué te distingue de otros pianistas?, ¿cuál es tu voz artística? Esa búsqueda de identidad fue una enseñanza muy profunda para mí.

Y luego viene el salto a Estados Unidos. ¿Cómo ocurrió esa transición?

En realidad, todo cambió por un accidente. A mitad de mis estudios en Rusia me atropelló un auto y sufrí una fractura grave en el antebrazo izquierdo. Estuve cinco meses inmovilizada y fue muy traumático.

Para una pianista debe haber sido durísimo.

Muchísimo. Tenía un yeso enorme y después vino una rehabilitación muy larga. Por suerte contaba con un seguro médico y, gracias a la ayuda de mi pareja de entonces, llegué a un especialista en cirugía de mano que hizo un trabajo extraordinario. Me operaron y me instalaron placas de titanio que todavía tengo. Los dos huesos del antebrazo estaban fracturados y además tuve fracturas expuestas. Fue algo muy serio.

¿Pensaste en dejar los estudios?

No podía. Tenía una beca de formación y, más allá de eso, sentía que tenía que terminar lo que había ido a hacer. Volví a Chile para recuperarme un tiempo, pero regresé a Rusia apenas pude. Al principio asistía a las clases como oyente porque todavía no podía tocar. Fueron meses lentos y dolorosos, pero logré volver al piano sin atrasarme en la carrera. Incluso tuve que someterme a otra operación para retirar parte del material quirúrgico. Aplacé esa intervención hasta después de titularme porque no quería arriesgar el último año de estudios. Terminé el programa, me operaron y viajé de vuelta a Chile prácticamente con la herida recién cerrada.

¿Y ahí comenzó la búsqueda de trabajo?

Sí. Llegué a repartir currículums con los puntos todavía recientes y escondiendo las cicatrices porque me daba miedo que pensaran que no podría tocar. Tenía ese temor constante de que la lesión definiera cómo me verían profesionalmente. Cuando volví de Rusia todavía tenía el temor de que la lesión en el brazo me cerrara puertas. Pensaba: “¿Y si creen que ya no puedo tocar?”. Pero llegué a Talca y mis papás me dijeron: “Bueno, ahora hay que salir a buscar trabajo”. Así que eso hice. Terminé trabajando en la Universidad de Talca, un lugar donde había estudiado cuando era niña, aunque no había cursado allí mi pregrado. Llegué simplemente dejando currículums.

A pura iniciativa propia.

Sí. Estuve tres años trabajando ahí como pianista acompañante, haciendo clases a niños, talleres de piano y colaborando en distintos programas de la Escuela de Música. También trabajé con el Teatro Regional y participé en proyectos de música de cámara. Artísticamente fue una etapa muy bonita. Sin embargo, todo era a honorarios, muy precario. Después de tantos años estudiando y especializándome, era frustrante sentir que siempre había que estar peleando por contratos o por pagos atrasados. No era algo personal contra nadie, simplemente la realidad del sistema. Yo amaba Talca. Sigo amando Talca. Siempre voy a defender la ciudad. Mi sueño era poder vivir de la música allí, pero la situación laboral terminó agotándome.

Y eso también termina afectando la posibilidad de crear y desarrollarse en la música de manera profesional.

Totalmente. Llega un momento en que dejas de pensar solo en la música y empiezas a preocuparte de sobrevivir. Después de varios años estaba cansada y, en ese contexto, apareció una experiencia que cambió mi rumbo: el Festival Internacional de Música de Santa Catarina, en Brasil. Soñaba con asistir desde mis años en Rusia, pero nunca había tenido los recursos. Cuando regresé a Chile logré ahorrar y fui. Allí conocí a un profesor brasileño, Alexandre Dossin, que enseñaba piano en la Universidad de Oregon. Después de escucharme tocar me preguntó dónde había estudiado y, al contarle que había vivido en San Petersburgo, empezó a hablarme en ruso. Fue una conexión inmediata. Mi inglés aún era limitado, pero en ruso nos entendimos perfectamente. Después de otra clase me invitó a participar en un curso de verano para pianistas en Oregon. Era una gran oportunidad y, aunque no tenía los recursos, decidí buscar la forma de hacerlo posible.

¿Y qué impresión te produjo llegar a Oregon?

Me enamoré del lugar. Tenía una imagen completamente distinta de Estados Unidos: cemento, carreteras, McDonald’s y autos por todas partes. En cambio, encontré un lugar lleno de árboles, ciclovías y espacios verdes. Nos dieron bicicletas para movernos por el campus y eso me encantó. Pero lo que más me impresionó fue la escuela de música.

¿Los recursos para estudiar?

Exactamente. Teníamos acceso a salas de práctica con pianos de cola para estudiantes. En Chile estaba acostumbrada a encontrar pianos viejos; en Rusia había buenos instrumentos, pero esto era distinto. Recuerdo pensar: “Si pudiera vivir en esta pequeña sala de estudio con un piano, sería feliz”.

Entonces viajar primero a Brasil y luego a Oregón me permitió reencontrarme con personas, descubrir otras formas de hacer las cosas y recordar por qué me había dedicado a la música. También conocí colegas de Argentina y otros países que habían hecho enormes esfuerzos para estar allí. Fue muy inspirador compartir con personas que tenían las mismas inquietudes y pasión por el piano. En ese tiempo empecé a abrirme más allá del ambiente maulino y chileno, y fue entonces cuando este profesor de Oregón me instaló la idea de hacer un doctorado.

¿Y tú ya habías pensado en seguir estudiando después del máster?

No, para nada. En Europa, por ejemplo, existe el máster y después algunos programas de perfeccionamiento, pero un doctorado en interpretación musical no es algo común. Eso es más bien una creación estadounidense.

¿Y cómo funciona un doctorado en interpretación? Porque una piensa inmediatamente en una tesis como tal.

Tiene una parte de investigación, pero también una parte artística muy fuerte. El programa se llama Doctorado en Artes Musicales y dura, al menos, cuatro años. Tienes que presentar recitales, cursar asignaturas teóricas y desarrollar un proyecto de investigación propio acompañado de un trabajo escrito bastante extenso. Cuando me lo explicaron pensé: “Bueno, al final sí es una tesis”. Porque también te exigen abordar un tema original, aportar algo nuevo y defenderlo académicamente.

Y además hacerlo en inglés.

Exactamente. Eso me asustaba muchísimo. En ese momento mi ruso era mejor que mi inglés. Sabía que iba a tener que leer enormes cantidades de bibliografía y discutirla en clase, así que durante los años que estuve trabajando en Talca me puse como objetivo prepararme para esa audición. Estudié inglés, armé repertorio y empecé a planificar el proceso con este profesor.

Y todo eso después del accidente que habías tenido en Rusia.

Sí. Todavía arrastraba muchas inseguridades. Mi brazo quedó muy bien, pero después de una lesión así una siempre se pregunta si va a volver a tocar al mismo nivel. Yo sentía que había perdido algo y me costó mucho recuperar la confianza. Por eso esos años en Talca fueron también un periodo de reconstrucción. Trabajaba, tocaba conciertos, estudiaba inglés y preparaba repertorio. Necesitaba volver a creer que podía hacerlo.

¿Y cuándo llegó finalmente la audición?

En 2019. Y fue un momento muy duro porque coincidió con los últimos días de vida de mi abuelo, que fue una de las personas que más apoyó mi camino musical. Pero también sentí que estaba audicionando por él. Le encantaba la música clásica, el tango, siempre me alentó. Entonces había algo muy fuerte emocionalmente detrás de ese proceso. Finalmente entré al programa y ahí comenzó otra etapa. El doctorado exigía mucho: recitales de una hora, exámenes comprensivos sobre repertorio pianístico, historia de la música y análisis. Era una formación bastante intensa.

Y también te abrió una línea de investigación propia.

Sí, porque una de las cosas más bonitas fue que pude conectar toda esa formación internacional con la música chilena. Me gané un fondo de investigación de la universidad para estudiar la obra de la compositora chilena Carmela Mackenna y trabajar sobre su repertorio para voz y piano. Eso fue muy importante para mí porque, después de tantos años mirando hacia Europa y Rusia, fue una manera de volver a Chile desde otro lugar, investigando y difundiendo música que muchas veces permanece poco conocida.

Y toda esa investigación te fue alejando un poco del repertorio más tradicional de la música clásica.

Sí. Después de años tocando a Chopin, Beethoven y los grandes clásicos, empecé a interesarme por el repertorio chileno. Me di cuenta de que casi nadie lo estaba interpretando ni investigando. A partir de un proyecto que desarrollé en la universidad grabé obras de la  compositora chilena Carmela Mackenna y eso terminó pavimentando el camino para hablar de ella y de Enrique Soro. A pesar que siguieron caminos diferentes, ambos fueron invisibilizados por años por diferentes razones, por lo que su trabajo quedó poco difundido y estudiado.

De alguna manera, también estabas recuperando parte de esa memoria.

Exactamente. El doctorado me permitió abrirme a otras preguntas y explorar temas que me interesaban profundamente. Investigar a Enrique Soro, revisar fuentes históricas y acercarme a los archivos del Conservatorio fue una forma de comprender mejor la historia de la música chilena y mi propio lugar dentro de ella.

¿Y cómo fue el trabajo con los archivos?

Mucho del material lo encontré gracias a recursos digitalizados. La Revista Musical Chilena, por ejemplo, tiene una colección online increíble que fue fundamental para mi investigación. Y en una de mis visitas a Chile pude trabajar directamente con el archivo de Carmela Mackenna en la Biblioteca Nacional. Fue una experiencia muy bonita.

Oye, ¿cuántos años tienes? Porque siento que me has contado una vida larguísima y, sin embargo, te ves muy joven.

(Ríe) Tengo 36.

Bueno, es que has hecho muchísimas cosas. Y justamente quería preguntarte por eso. Hoy eres intérprete, investigadora, docente y además te veo participando en conferencias, charlas y espacios de divulgación. ¿Cómo ha sido acercarte a esa dimensión más pública de tu trabajo?

La verdad es que tengo una relación bien ambivalente con las redes sociales. Admiro mucho a quienes crean contenido porque requiere muchísimo tiempo y energía. A veces incluso siento ganas de volver a un teléfono antiguo y desaparecer un poco del mundo digital. Pero durante la pandemia empecé a organizar charlas porque quería conectar con colegas que estaban haciendo cosas interesantes en distintos lugares del mundo. Amigas en Francia, en Rusia, en Suiza, músicos que estaban desarrollando proyectos increíbles y que rara vez tenían espacio para compartir esas experiencias. Con el tiempo entendí que, si quienes trabajamos en arte, educación o investigación no hablamos de lo que hacemos, otros temas terminan ocupando todo el espacio de conversación. Y hay mucho conocimiento, muchas historias y trayectorias valiosas que merece la pena compartir.

Y parece que ahí encontraste algo que te gusta especialmente.

Sí. Creo que una de las cosas más importantes que me dejó el doctorado fue descubrir cuánto disfruto comunicar. Me encanta tocar, por supuesto, pero también me apasiona explicar, enseñar y acercar la música a otras personas. No tengo la obsesión de llegar a los escenarios más grandes del mundo. Si ocurre, fantástico. Pero hoy me mueve mucho la posibilidad de generar espacios de aprendizaje y encuentro. Por ejemplo, la próxima semana voy a dar talleres de piano para niños y niñas de distintas edades y estoy completamente entusiasmada planificando actividades. Me gusta mucho trabajar con la infancia, jugar, despertar curiosidad.

Acercar la música clásica desde otro lugar.

Exactamente. Me interesa que las personas puedan relacionarse con el piano y con la música clásica sin sentir que necesariamente tienen que convertirlo en una carrera profesional. Y al mismo tiempo, me gustaría que quienes sí tienen ese interés, especialmente quienes no cuentan con recursos económicos, tengan oportunidades reales para desarrollarse. Porque cuando miro mi propia historia, veo cuántas becas, ayudas y personas aparecieron en momentos clave. Tuve mucho esfuerzo, pero también tuve suerte. Y creo que abrir esas posibilidades para otras personas es una de las formas más bonitas de devolver todo lo que la música me ha dado.

Bueno, tampoco es solo suerte. Detrás de todo eso hay muchísimo esfuerzo y talento.

Sí, claro, pero me gustaría que el acceso a la música dependiera menos de eso. Mi sueño es que una niña o un niño que vea un concierto en un colegio, como me pasó a mí cuando tocábamos en escuelas de Talca, pueda aprender música sin que el dinero sea una barrera tan grande. No tiene que ser piano necesariamente. Puede ser cualquier instrumento. Lo importante es que existan espacios de formación musical, porque la música aporta muchísimo a nivel humano. Por eso admiro tanto proyectos como el Liceo de Cultura y Difusión Artística de Talca. Me parece maravilloso que haya talleres de jazz, percusión, acordeón o música popular. Para mí, el ideal sería que existiera una escuela artística así en cada región.

Y tiene mucho que ver con lo que contabas antes, con llevar la música a espacios no tradicionales. Cuando una niña ve a alguien tocando un instrumento, entiende que eso también puede ser una posibilidad para ella. A mí me pasó algo parecido. Cuando conocí a Juanita Parra decidí que quería tocar batería. No conocía a ninguna otra mujer haciendo algo así, así que verla fue fundamental. Por eso me parece tan importante la divulgación y que personas como tú compartan sus experiencias.

Sí, y también porque abrir ventanas cambia vidas. Me pasó con una amiga argentina, una pianista extraordinaria que conocí en Oregon. Yo le hablaba mucho de Rusia y de las oportunidades de estudiar allá. Finalmente se animó, fue a San Petersburgo como alumna libre, encontró una profesora que la marcó profundamente y terminó desarrollando una parte importante de su formación allí. No se trata de que todo el mundo tenga que ir a Rusia, pero sí de saber que existen distintos caminos. Lo mismo pasa con Estados Unidos. Hay muchas personas que estudian interpretación y sienten que las opciones laborales son limitadas. A veces parece que solo existe la docencia o una orquesta, y en realidad hay muchas más posibilidades.

Claro, también hay investigación, gestión, divulgación…

Exactamente. Y me interesa romper esa idea de que una persona tiene que elegir entre ser intérprete o investigadora. Muchas veces se mira la musicología como si fuera una alternativa para quienes no pudieron dedicarse a tocar, y me parece una visión muy injusta. Tengo amigas musicólogas que además son intérpretes, compositoras, arregladoras y profesoras. Una de ellas está investigando la cumbia y hace un trabajo increíble. ¿Por qué habría que encasillarse en una sola cosa?

Creo que el doctorado me ayudó mucho a entender eso. También me permitió descubrir una faceta que siempre había estado ahí: mi interés por comunicar. Si no hubiera sido pianista, probablemente habría estudiado periodismo. Porque siempre me ha gustado conversar, hacer preguntas y conocer historias. Y en el fondo la divulgación tiene algo de eso. Recuerdo que una amiga etnomusicóloga me dijo una vez: “Nuestro trabajo es generar conocimiento”. Y me pareció una definición preciosa. A veces pensamos que el valor de algo está solo en si genera empleo o rentabilidad inmediata, pero el arte también genera conocimiento, experiencias, comunidad y formas de entendernos mejor como personas.

Totalmente. Y además cuestiona esa idea de que ciertas expresiones culturales son más legítimas que otras. También me parece importante cuestionar esas divisiones entre lo que se considera “alta” y “baja” cultura. Da la sensación de que la música clásica sigue siendo vista como algo reservado para ciertos espacios o ciertos públicos, y que iniciativas como las tuyas ayudan justamente a abrir esas puertas.

Sí. Me pasa mucho cuando escucho a colegas decir que el reggaetón no es música o que ciertos géneros no tienen valor artístico. Siempre me ha incomodado esa mirada. La música adopta muchas formas. Un DJ, por ejemplo, puede no cantar ni tocar un instrumento de manera tradicional, pero está creando experiencias sonoras, construyendo un lenguaje propio. Creo que a veces en la música clásica hemos sido demasiado rápidos para juzgar otras prácticas musicales. Al final, lo que me interesa es la curiosidad. Entender cómo las personas se expresan, qué quieren comunicar y qué lugar ocupa la música en sus vidas. Porque ahí es donde realmente ocurre algo valioso.

También hay muchos prejuicios entre mundos musicales que en realidad dialogan más de lo que parece.

Totalmente. Durante años escuché esa discusión entre música popular y música docta. Que si los clásicos no pueden tocar sin partitura o que si los populares no saben leer música. Pero ninguna de esas cosas define a una persona como música. Al final, mientras más herramientas tengas, mejor. Improvisas, arreglas, interpretas, investigas, compones. Todo suma. Por eso me molestan esas fronteras tan rígidas entre disciplinas o estilos.

Y también entre instituciones o escuelas de música, a veces.

Sí. En Estados Unidos, por ejemplo, existe mucho prestigio asociado a determinadas escuelas o programas. Pero yo siempre he sentido que lo más importante no son los nombres, sino las personas. Cuando hablo de Rusia, por ejemplo, no hablo tanto del país como de mi profesor. Y cuando hablo de Oregon, pienso en los maestros y colegas que encontré allí. Son esos vínculos los que realmente transforman una trayectoria. Por eso también intento usar mis redes para mostrar algo más que una pianista tocando. Si sirven para algo, me gustaría que sirvieran para acercar a las personas a esas conversaciones y a otras formas de entender la música.

Y hablando de colaboraciones, vi que creaste el dúo Crisol. ¿Sigue activo?

Sí, aunque ahora está un poco en pausa. Es una historia muy bonita porque su origen está en Talca. Daniel Brant, el tenor con quien formamos el dúo, y yo nos conocimos cuando éramos niños. Compartíamos atril en una orquesta infantil de la Universidad de Talca. Después cada uno siguió su camino y perdimos completamente el contacto. Muchos años más tarde, cuando yo había vuelto de Rusia y trabajaba en Talca, me lo encontré en una actividad de canto. Lo reconocí enseguida. Me contó que había estudiado viola, pero que luego se había ido a Francia a especializarse en canto y música antigua. Lo escuché cantar y me impresionó muchísimo.

¿Y de ahí surgió la idea de trabajar juntos?

Con el tiempo volvimos a encontrarnos por redes sociales y empezamos a conversar. En ese momento yo ya estaba trabajando repertorio vocal chileno gracias a mi investigación, así que había intereses muy compartidos. Postulamos a un fondo para crear el dúo y nos lo adjudicamos. Lo más increíble es que cuando empezamos el proyecto prácticamente no nos habíamos visto en años. Él estaba en Francia, yo en Estados Unidos, y construimos todo a distancia.

¿Y cuándo volvieron a encontrarse en persona?

En 2024. Lo fui a buscar al aeropuerto y fue muy emocionante. Habíamos preparado todo por videollamada y, de pronto, había que convertirlo en música real. Ensayamos apenas un par de días y dimos nuestro primer concierto. Fue una locura. Después vinieron más presentaciones porque el proyecto contemplaba una pequeña gira. Hicimos un concierto en mi universidad, donde tuve muchísimo apoyo institucional, y luego viajamos a otras ciudades y universidades. Fue una experiencia muy bonita porque demostró que, incluso viviendo en países distintos, se pueden seguir construyendo proyectos artísticos compartidos.

Y también un buen ejemplo de cómo las redes que se van creando a lo largo de la vida terminan encontrándose otra vez.

Absolutamente. Al final, muchas de las cosas más importantes que me han pasado en la música tienen que ver con eso: con las personas, los encuentros y las comunidades que se van formando en el camino.

¿Cómo fue llevar ese proyecto a distintos espacios?

Fue muy bonito. Con el dúo hicimos cinco actividades y además dos clases magistrales. Tocamos en mi universidad, en una iglesia donde yo trabajaba, en un hogar de retiro para profesores y en otros espacios comunitarios. En todos lados la recepción fue increíble. Mucha gente jamás había escuchado una voz como la de Daniel, especialmente en ciudades pequeñas donde este tipo de conciertos no son habituales. La idea después era encontrarnos en Europa para seguir desarrollando el proyecto, pero entre los trámites migratorios, las visas y los costos económicos no fue tan fácil. Mantener un proyecto entre Francia y Estados Unidos requiere coordinar muchas cosas, así que por ahora estamos en pausa, aunque con ganas de retomarlo cuando podamos.

¿Y el repertorio estaba relacionado con tu investigación sobre Carmela Mackenna?

Sí, totalmente. Todo partió con un proyecto de investigación que me permitió grabar cuatro canciones de Carmela Mackenna en condiciones muy profesionales. Para mí era importante generar material de calidad, porque cuando trabajas con repertorio poco conocido muchas veces ni siquiera existen referencias sonoras. Lo bonito fue que esas grabaciones empezaron a circular. Otras cantantes me escribían preguntando por las obras o comentándome que querían incorporarlas a sus repertorios. Ahí entendí que el proyecto estaba cumpliendo uno de sus objetivos: abrir camino para que otras personas también pudieran acercarse a esa música.

De alguna manera, contribuir a recuperar una memoria musical.

Exactamente. Y no solo con Carmela Mackenna. Con Daniel armamos un programa que reunía canción de arte chilena y francesa. Incluimos obras de compositoras como María Luisa Sepúlveda y piezas de Roberto Puelma, entre otras. Lo llamamos “Uniendo Puentes”, porque justamente buscaba conectar esos mundos. Además, para el público estadounidense era una novedad. Allí se escucha muy poco repertorio chileno y también relativamente poco repertorio vocal en español. Después de los conciertos varios estudiantes me preguntaban dónde encontrar más música latinoamericana, y yo feliz les compartía partituras, grabaciones y referencias.

Y ese trabajo parece ir más allá de tocar las obras, también una labor de difusión.

Sí, porque para mí no tiene sentido guardar ese material. Si encuentro partituras, investigaciones o repertorios poco conocidos, me gusta compartirlos. Cada intérprete les dará una mirada distinta. También colaboro con SIMUC, la Sociedad Internacional por la Música Chilena, una iniciativa dedicada a difundir y visibilizar la creación musical chilena. Allí participo invitando a intérpretes e investigadores a escribir reseñas sobre discos y proyectos vinculados a músicos chilenos. Lo interesante es que no solo hablamos de figuras históricas. También me interesa muchísimo trabajar con compositores y compositoras vivas. He estrenado obras de creadoras contemporáneas y me encanta poder conversar directamente con quienes están escribiendo música hoy.

Hay una conexión muy fuerte con Chile en todo eso.

Sí, aunque también es una relación compleja. Vivir fuera te cambia la perspectiva. A veces no me siento completamente de aquí y, cuando vuelvo a Chile, tampoco siento que pertenezco del todo. Creo que la experiencia migrante tiene mucho de eso: vivir siempre entre varios mundos. Por eso me interesa mantener ese vínculo con Chile y con el Maule desde un lugar activo, a través de la música, la investigación y la difusión.

Y al mismo tiempo sigues explorando otros repertorios y otras culturas.

Claro. De hecho, mi primer gran amor musical no fue la música chilena, sino Beethoven. Recuerdo escuchar una de sus obras en la radio de la Universidad de Talca, cuando era niña, mientras iba en el auto con mis padres. Me impactó tanto que casi lloré. Años después terminé interpretando esa misma pieza, la Sonata Patética. Para mí, esa experiencia resume lo que puede hacer la música: conmover profundamente, más allá de la técnica, el virtuosismo o el espectáculo. A veces pienso que todo este recorrido comenzó ahí, con una niña que descubrió, a través de ese sonido, algo que quería perseguir para siempre.

También hay una valoración muy profunda por quienes crean música.

Sí. Siempre me ha parecido hermoso que una persona dedique tiempo y energía a construir algo propio y que otra pueda darle vida al interpretarlo. Por eso me gusta colaborar con gente muy distinta. Por ejemplo, mi pareja es compositor y escribe una música preciosa, con influencias minimalistas y también populares. He tocado varias de sus obras y ha sido muy bonito. No porque sea mi pareja, sino porque me interesa genuinamente su música. Lo mismo me pasa con otras personas que se me acercan con proyectos. Lo que más disfruto es esa conexión que surge a través de la música.

Y pareciera que esa apertura también atraviesa tu mirada sobre las identidades musicales.

Totalmente. Me cuesta mucho pensar la música en categorías rígidas. A veces hablamos de música chilena, europea, popular o clásica como si fueran compartimentos cerrados, y la realidad es mucho más compleja. Pienso en Carmela Mackenna, por ejemplo. La definimos como compositora chilena, pero vivió gran parte de su vida en Europa, escribió en español, francés, inglés y latín. ¿Cómo encasillas una trayectoria así? Lo mismo ocurre con tantas compositoras y compositores que se movieron entre distintos contextos y tradiciones. Por eso me interesan esas historias híbridas, las que muestran que las identidades no son algo fijo. De alguna manera, creo que también me identifico con eso.

Y además está la realidad laboral de la música, que muchas veces obliga a moverse constantemente.

Claro. Probablemente seguiré vinculada al mundo académico porque es donde hay más opciones laborales estables. Vivir exclusivamente de la interpretación es algo que muy pocas personas consiguen. A veces incluso bromeo con que me gustaría tener un trabajo de oficina de nueve a cinco y olvidarme de todo. Porque esta profesión también es agotadora: conciertos los fines de semana, viajes, ensayos, clases. Pero después vuelves a tocar y recuerdas por qué haces esto. Donde sea que termine viviendo, creo que voy a seguir cultivando ese vínculo con Chile, pero sin reducirlo a una idea cerrada de identidad. Me interesan justamente los cruces, las influencias y las conexiones que aparecen cuando distintas culturas se encuentran.

Qué bonito. Me gusta mucho esa idea de que uno también se transforma durante el viaje y que las identidades no son algo estático. Y ya para cerrar, la última pregunta de Maulinas por el Mundo. ¿Qué has estado escuchando últimamente? ¿Qué recomendarías?

Qué difícil. La verdad es que últimamente he estado tocando muchísimo y escuchando menos música de forma atenta de lo que me gustaría. Estoy en una etapa en que muchas veces pongo música para desconectar un poco la cabeza. He estado escuchando bastante a Caribou, que mezcla electrónica con muchas otras influencias. Tiene listas enormes y me acompaña mucho cuando necesito despejarme entre ensayo y ensayo. Aunque, siendo honesta, me gustaría volver a escuchar música con más calma, de esa forma en que una realmente se sienta y presta atención. Porque al final fue así como empezó todo para mí: escuchando una obra que me conmovió profundamente y descubriendo que quería dedicar mi vida a eso.

Hay una compositora chilena que recomiendo mucho: Valeria Valle. Tiene un disco que se llama Ambient Taupp. Encontré este disco y luego lo reseñé para la sección de reseñas de la página de SIMUC. Es un trabajo muy vinculado al paisaje sonoro y al medioambiente. Grabó sonidos dentro y fuera del agua en una reserva acuífera de Valparaíso y compuso a partir de ese material. Es una propuesta muy electrónica, muy atmosférica y meditativa.

Suena súper experimental.

Lo es. Y justamente me gusta porque rompe la idea de que la música tiene que ser siempre virtuosismo o dificultad técnica. A veces una atmósfera o una sonoridad también pueden decir muchísimo. Y otro compositor que recomiendo siempre es Arvo Pärt. Me encanta su música. Tiene una dimensión muy espiritual, muy contemplativa, tanto en su obra coral como instrumental. Es de esas músicas a las que vuelvo constantemente.

Qué buenas recomendaciones. Justamente esa sección busca romper un poco el algoritmo y descubrir cosas que probablemente no encontraríamos solas.

Sí, totalmente. A veces necesitamos salir de los caminos habituales y encontrarnos con otras formas de escuchar.

Camila, muchísimas gracias por tu tiempo y por compartir tu historia. Ha sido una conversación muy inspiradora.

Gracias a ti. De verdad me siento muy honrada por la entrevista. Conocía Revista Endémica y había visto algunos contenidos, pero no esperaba estar aquí conversando. Me siento muy honrada de participar como entrevistada.