Fotografías por Camila Bastías y archivo Ketekalles y Escandalera
En una época donde todo parece suceder a través de redes sociales, encontrar a Camila López implicó volver a formas más sencillas y directas de comunicación. Camila no tiene rr.ss., usa un teléfono antiguo que solo recibe llamadas y mensajes de texto. Entre ensayos, proyectos musicales, talleres y giras junto a Ketekalles, conseguir una fecha parecía una tarea esquiva. Pero a veces los imprevistos abren espacios inesperados. Una lesión en su pie la obligó a bajar el ritmo por algunos días y permanecer en su casa, en Premià de Dalt, un pueblo situado entre los cerros y el Mediterráneo. Fue allí donde nos recibió junto a Cami Telas, abriéndonos las puertas de su hogar para conversar y retratar una intimidad que pocas veces queda expuesta.
Percusionista, educadora y activista cultural, Camila ha construido una trayectoria profundamente ligada a los procesos colectivos. Además de su trabajo con Ketekalles, participa en distintos proyectos vinculados a la percusión y las batucadas, entendiendo la música no solo como expresión artística, sino también como herramienta de encuentro, organización y transformación. Esta entrevista es una invitación a conocer la historia de Cami detrás de los tambores, donde ha dedicado gran parte de su vida a hacer que otras personas también encuentren su propio pulso.
Para partir, me gustaría retroceder un poco en el tiempo y saber cuándo aparece la música en tu vida. ¿En qué momento sientes que se vuelve importante para ti?
Yo diría que aparece en dos momentos muy marcados. La música siempre está presente de alguna forma, pero hubo dos etapas en que realmente tomó protagonismo. La segunda fue cuando decidí tomármela en serio y dedicarme a ella. La primera ocurrió en mi infancia, en mi casa en Chile. Crecí en la casa de mis abuelos, en Linares, y mi abuela tuvo una influencia muy importante. Era una mujer muy autodidacta que vivió momentos difíciles, pero que siempre cantaba acompañándose con la guitarra.
¿Era cantora popular?
No tanto. Cantaba principalmente canciones de carácter espiritual, ligadas a la iglesia. Esos momentos nos reunían a toda la familia, a mis primos y a mí. Eran instancias muy significativas de unión familiar.
Sí, porque a todo esto tú eres hija de la Gola, muy conocida en Linares
(Ríe) Sí, prácticamente esa es mi identidad en Linares. A veces pienso que no tenía muchas posibilidades de tener otra. Mi familia es muy conocida allá; de hecho, siempre digo que si mi mamá se presentara como alcaldesa de Linares hoy, probablemente ganaría.
Sí, porque mucha gente la conoce. Yo hice gimnasia artística con la Gola, en su gimnasio.
¡Qué fuerte! Ella fue mi entrenadora cuando era niña. Yo competía en gimnasia artística de forma bastante seria. Cuando tenía unos 13 años, llegó un momento decisivo: estaba con posibilidades de entrar al Centro de Alto Rendimiento en Santiago, donde ya te conviertes prácticamente en deportista a tiempo completo. Entrenas todo el día y los estudios pasan a un segundo plano. Hablamos con mi mamá y ella vio la situación y me hizo elegir. Mirándolo ahora, creo que se tomó una muy buena decisión al no seguir el camino del alto rendimiento.
Claro, porque son disciplinas que exigen dedicación absoluta.
Exacto. Además, en la gimnasia el cuerpo lo es todo y las salidas profesionales son bastante limitadas. Pero volviendo a la música, mi primer acercamiento fue en la casa de mis abuelos. Mi abuela cantaba todo el tiempo y siempre había música alrededor.
También tuve un tío, Ramón González, uno de los primeros productores musicales de Linares. Gracias a él conocí el mundo de la producción. Recuerdo verlo trabajar entre mesas de sonido y equipos; fue la primera vez que entendí que la música también se construía desde ahí. Además, tenía una academia de música y, cuando preparaba coreografías para las alianzas del colegio, hacía con él los montajes musicales, que en esa época armábamos en casetes. Ese es uno de mis recuerdos más tempranos vinculados a la música.

Y eso ya era una aproximación a la producción musical. Los primeros pasitos, por así decirlo.
Sí, y para la época era algo bastante innovador en Linares. Pero la segunda gran aparición de la música llegó años después, en Granada, mientras estudiaba Psicología. Fui a un concierto por el 8 de marzo y, entre una banda y otra, apareció una batucada de mujeres llamada Bembé. Cuando las vi tocar sentí una certeza inmediata: “Yo quiero hacer eso”. Me acerqué a preguntar dónde ensayaban, fui al siguiente ensayo y ya no me fui nunca más.
Lo curioso es que en Chile había visto muchas batucadas, pero nunca me habían llamado especialmente la atención. Sin embargo, ver a ese grupo de mujeres juntas tenía una fuerza que me atravesó por completo. Mirándolo hoy, siento que descubrí la música de verdad desde un espacio feminista —y más adelante transfeminista—, de comunidad, seguridad y empoderamiento. Ahí entendí que ese también podía ser mi lugar.
¿Y sientes que fue precisamente ese espacio, con todo lo que representaba a nivel convicciones, lo que te acercó a la música?
Sí, aunque en ese momento no lo analizaba así. Esa es la lectura que hago hoy. En aquel entonces simplemente fue un flechazo. Fue amor, una sensación muy profunda, como cuando algo te llama y sabes que tienes que seguirlo. Después llegaron todas las reflexiones y significados.
Volviendo un poco atrás, antes de llegar a España estudiaste danza en Chile, ¿verdad?
Sí. Estudié en El Espiral, una escuela vinculada a la Fundación Víctor Jara, fundada por Patricio Bunster, uno de los grandes colaboradores y amigos de Víctor. Fueron dos años muy intensos y muy formativos. Además, coincidieron con un período de mucha movilización social, así que muchas veces las clases se trasladaban a la calle y terminábamos participando en manifestaciones desde la danza. Aprendí muchísimo y tuve profesoras extraordinarias.
¿Y en qué momento decidiste venirte a España?
Todo empezó con una lesión en las rodillas. Ahí tomé conciencia de que mi cuerpo iba a ser mi herramienta de trabajo y empecé a cuestionarme muchas cosas. También me di cuenta de que estaba viviendo la danza desde un lugar que no me hacía bien, con mucha presión en torno al cuerpo y la competencia. Era muy joven y terminé conectando más con eso que con la parte artística. Así que finalmente dejé la carrera. Como ya había pasado el plazo para volver a postular a la universidad, tenía casi un año libre por delante. En ese tiempo cursé una asignatura de Psicología del cuerpo que despertó mi interés por la psicología, pero antes de seguir estudiando quise viajar.
Una tía que vivía en Lloret de Mar me convenció de venir a España. Mis padres preferían que me fuera a Estados Unidos a estudiar inglés, pero yo ya había decidido. Recuerdo que los llamé desde Santiago y les dije: “Me voy a España. Ojalá me apoyen, pero me voy igual”. Y así fue. Me vine con 20 años, hace ya casi 19.

¿Y cómo fue ese primer encuentro?
Me encantó desde el primer momento. Llegué a Lloret de Mar y trabajé en distintos ambientes ligados al turismo y la vida nocturna. Fue una etapa muy intensa, con experiencias que podrían haber salido mal, pero de la que también aprendí muchísimo.
Además, hubo cosas que me impactaron positivamente. Por ejemplo, descubrir las playas nudistas. Puede parecer algo menor, pero para mí fue revelador ver todo tipo de cuerpos conviviendo con naturalidad, sin juicios ni presión estética. Me hizo reflexionar sobre la relación que tenemos con el cuerpo y sobre los prejuicios que cargábamos en Chile. Fue uno de esos pequeños cambios culturales que te abren la cabeza cuando migras.
Y es un cambio súper lento. No solo a nivel cultural, sino también personal. Incluso una misma tiene que hacer todo un proceso.
Totalmente. Gran parte de mi deconstrucción identitaria y afectiva tuvo que ver con una nueva forma de relacionarme con el cuerpo, el mío y el de los demás. Puede sonar simple, pero para mí fue muy revelador empezar a ir a playas nudistas y encontrarme con cuerpos diversos conviviendo con total naturalidad. Eso me dio una sensación de libertad enorme.
Ahí empecé a pensar: me quiero quedar. Mientras trabajaba en Lloret de Mar, vivía una contradicción constante porque sabía que en realidad quería estudiar Psicología. Hasta que un día decidí cambiar de rumbo. Me fui a Barcelona sin un plan muy claro. Caminando por la ciudad, alguien me entregó un volante de una academia que preparaba para la Selectividad. Lo tomé como una señal, tenía algunos ahorros, así que me inscribí y pensé: ya está, cambio de vida, me pongo a estudiar.
Y ahí comenzaste de nuevo con otro plan.
Sí, muy guiada por la intuición. Preparé la Selectividad y la rendí. Después tuve que volver a Chile para regularizar mi situación migratoria. Y justo cuando me estaba preparando para dar la PSU, mi mamá me llamó para decirme que había llegado una carta desde España. Era la notificación de la UNED. Había obtenido una nota que me permitía estudiar Psicología prácticamente donde quisiera. Fue una sorpresa enorme y ahí entendí que podía volver.
Mirándolo en perspectiva, mi proceso migratorio estuvo muy marcado por la intuición, por ir siguiendo aquello que me hacía sentir bien y me acercaba a una versión más auténtica de mí misma. Fue una migración elegida, aunque también impulsada por la necesidad de buscar otros espacios donde poder crecer.
Claro. Es una historia muy de ir siguiendo señales, de mantenerte abierta a lo que va apareciendo y confiar un poco en el camino.
Totalmente. Es algo que echo de menos a veces. Esa sensación de sincronía, de cuando las cosas parecen ir encajando una tras otra. Da igual cómo lo expliques, si es casualidad o causalidad; hay momentos en que simplemente sientes que la vida se está moviendo y que tú te estás moviendo con ella. De hecho, Carl Gustav Jung hablaba mucho de estas ideas, de las sincronías y de cómo ciertos acontecimientos parecen adquirir sentido cuando estamos realmente atentos a ellos.
Y en todos esos desplazamientos… Bueno, volviste a Chile, pero finalmente regresaste a España para estudiar de forma definitiva, ¿no?
Sí. Cuando llegó la carta con los resultados de la Selectividad ya lo tuve claro: iba a estudiar en España. Cuando estaba en Barcelona preparándome para la Selectividad, vivía con varios compañeros y les preguntaba dónde estudiarían ellos si tuvieran que elegir una ciudad universitaria. Yo pensaba en Salamanca, pero uno de ellos me dijo con total convencimiento: “Granada”. Me habló maravillas de la ciudad y, cuando llegó el momento de decidir, elegí Granada sin saber prácticamente nada de ella. Años después me encontré con ese compañero de fiesta en Granada y le dije: “Estoy viviendo aquí por tu culpa. Gracias, porque ha sido una de las mejores decisiones de mi vida”.
Y mirando todo ese recorrido, ¿cómo han influido esos territorios y esos desplazamientos en la música que haces hoy? Porque da la impresión de que tu propuesta también se nutre de todos esos lugares.
Sí, aunque creo que la respuesta más honesta tiene que ver también con algo muy propio: siempre he tenido muchas ideas. Nunca estudié música de manera formal y eso me ha dado bastante libertad para crear. El ritmo me viene más bien de la danza, de la gimnasia, del trabajo corporal y de haber crecido rodeada de música. Después, los distintos lugares fueron sumando capas: el flamenco en Granada, la percusión de la batucada y todos los ritmos que fui encontrando en el camino.
Lo que sí siento es que nunca he tenido miedo a mezclar. Me interesa entender de dónde vienen los ritmos, qué historias contienen y quiénes los sostienen, pero no creo que la música tenga fronteras rígidas. Si hay respeto, curiosidad y amor, todo puede dialogar. Quizás lo más importante que me han dado los territorios es justamente eso: la posibilidad de entender que no existe una sola forma de hacer las cosas.

Y también habrás tenido que lidiar con el síndrome de la impostora.
Muchísimo. Porque al final yo llegué a la música por caminos poco convencionales. Estuve años tocando la batería sin haber pasado por una formación académica tradicional, mientras veía a personas que llevaban estudiando desde niñas. Pero llega un momento en que tienes que dejar de explicarte y simplemente tocar. Cuando estás en un escenario frente a miles de personas o grabando en un estudio con gente a la que admiras, nadie evalúa tu historia: evalúan lo que haces en ese momento.
Claro. La formación musical es muy importante, pero también hay algo muy valioso en esa aproximación más intuitiva y desde el alma.
Sí, aunque no creo que haya una relación directa entre estudiar o no estudiar. He conocido personas muy conectadas con lo que hacen en ambos casos. Lo que sí es cierto es que una formación formal probablemente te protege más del síndrome de la impostora. En cambio, la falta de formación también te deja espacio para jugar. Para crear desde la inocencia, probar cosas que quizá “no se deberían hacer” según las reglas y atreverte a experimentar sin tantos límites. Eso para mí ha sido muy importante. Y, siendo sincera, esa libertad creativa es lo que me mantiene aquí. Porque la música es un sector muy precario.
¿Incluso en España?
Sí. Quizás en Chile sería aún más difícil, pero aquí también existe mucha precariedad. Yo puedo vivir de la música, y eso ya es un privilegio, pero detrás hay toda una cadena de intermediarios y estructuras que hacen complejo sostener un proyecto artístico. Además, todavía cuesta mucho que el trabajo creativo sea valorado y remunerado como corresponde.
De hecho, en Ketekalles tienen una canción que habla justamente de eso.
Sí, y fue muy bonito hacerla. Cuando salió, muchas artistas nos dijeron: “hostia que guay, poder hablar de esto”, porque es una realidad muy presente en el mundo de la música, pero de la que se habla bastante poco.

Y, sin embargo, es algo con lo que están lidiando constantemente.
Al final, seguir en la música es una decisión constante. Tiene mucho de amor, pero también de compromiso. Y además está la relación con la banda, que es una relación muy particular. A veces tiene algo de pareja, otras veces de hermanas, de familia, incluso de madres e hijas. Convives con afectos, conflictos, cuidados y proyectos compartidos. Por eso también es una relación compleja, porque no es solo un proyecto musical; hay mucho vínculo humano detrás.
También quería preguntarte acerca de esto. Has estado en batucadas, en Somsó, en Ketekalles, en Escandalera… Todos tienen una dimensión colectiva muy fuerte y, además, un trasfondo político. ¿Qué lugar ocupa cada uno de esos proyectos en tu vida hoy y qué lugar ocupas tú dentro de ellos?
Les tengo muchísimo cariño porque han sido mi gran escuela. En Bembé empecé a desarrollar muchas ideas sobre la percusión y la música colectiva. Después llegó Somsó, que fue clave para decidir que quería dedicarme profesionalmente a esto. En ese momento estaba a punto de iniciar un doctorado, pero atravesé una crisis personal y entendí que lo que realmente quería era tocar. Fue a través de compañeras de Somsó que llegué a Ketekalles, en 2018. Recuerdo que entonces me repetía: “Voy a vivir de la música, no sé cómo, pero lo voy a hacer”. Poco después la banda dio un salto importante y pudimos dedicarnos por completo al proyecto.
Hoy Ketekalles sigue siendo mi casa. Es el proyecto que más me ha enseñado, no solo musicalmente, sino también sobre los vínculos y la permanencia. Siempre tendí a marcharme cuando las cosas se complicaban, pero aquí aprendí el valor de quedarse, atravesar las crisis y reconstruir desde ahí. Cuando la banda pasó por un momento muy difícil tras la salida de una de sus integrantes fundadoras, tuvimos que decidir si seguíamos o no. Yo elegí quedarme. Mirándolo ahora, fue una decisión muy importante. También me permitió reencontrarme con una forma más libre y disfrutable de hacer música y entender que los proyectos, igual que las personas, cambian y se transforman.

Qué bonitas reflexiones. Al final, estar en una banda también es construir una relación humana muy profunda: hay conversaciones difíciles, decisiones importantes, momentos de mucho amor y otros más complejos. Es un vínculo que se transforma constantemente y que requiere compromiso para sostenerlo en el tiempo.
Y en medio de todo eso, ¿qué lugar ocupa Escandalera para ti? Porque pareciera que es un proyecto distinto, con otra energía y otra forma de relacionarse.
Escandalera es otra cosa. Siempre digo que es como mi hija. Me aporta ternura, cuidados, libertad y una forma muy bonita de construir comunidad. Es un proyecto de percusión para mujeres e identidades disidentes, con una mirada transfeminista, que funciona tanto como escuela como compañía artística. Hoy participan alrededor de cien personas en distintos grupos y trabajamos a partir de procesos colectivos vinculados a fechas significativas como el 8 de marzo o el 25 de noviembre.
Más allá de enseñar percusión, buscamos crear espacios seguros y participativos donde todas puedan encontrar su lugar. Y eso implica mucho trabajo de escucha, acompañamiento y cuidados. Ver cómo el proyecto crece y se transforma junto a las personas que lo habitan es de las cosas más bonitas que me están pasando hoy. Además, detrás hay un equipo grande que sostiene todo el trabajo, así que siento que Escandalera ya es mucho más que un proyecto musical: es una comunidad.
¿Y dónde ensayan?
La escuela ensaya en La Verneda, en una nave que funciona como espacio de creación. Y luego está la compañía, que es la parte profesional del proyecto. En esencia hacemos lo mismo —percusión en escena—, pero con otro formato, pensado para festivales, programaciones y actuaciones profesionales.
Sí, he visto que igual han colaborado con Ketekalles.
Sí, ya hemos compartido varios conciertos. El último fue en Paral·lel 62, pero también estuvimos juntas en la Sala Apolo. Me encanta cuando ocurre porque se cruzan dos proyectos que quiero muchísimo.

Volviendo al tema de la migración y de construir una carrera artística fuera de tu país, desde Chile muchas veces Barcelona se ve como un lugar ideal para desarrollar proyectos culturales. Pero también hemos hablado de las dificultades de la industria musical. ¿Cómo ha sido para ti construir una carrera aquí?
Yo diría que Barcelona es una ciudad de posibilidades. Tengo la sensación de que aquí una idea loca puede convertirse en realidad. Hay una red cultural muy potente, recursos, conexiones y una estructura que facilita que los proyectos se desarrollen.Por ejemplo, cuando empezamos con Somsó ya teníamos un lugar donde ensayar varias veces por semana. En Granada pasé años ensayando en patios de colegios o incluso en rotondas. El contraste era enorme.
Pero también es una ciudad exigente. Precisamente porque pasan tantas cosas al mismo tiempo, es fácil sentir que siempre te estás perdiendo algo. Hay mucha estimulación, mucho movimiento y cierta ansiedad constante.
Mucho FOMO.
Totalmente. Aprendes a convivir con eso. De hecho, una de las razones por las que terminé viviendo fuera de Barcelona fue precisamente buscar más calma y poder elegir desde otro lugar.
Oye y volviendo a Ketekalles, recuerdo las giras por Chile y Latinoamérica. Fueron presentando Remendar el Caos y luego, otra gira con Antiheroína ¿Cómo fue encontrarse con esos públicos? Sobre todo considerando que vuestra música también está llena de influencias y recorridos que viajan de un lugar a otro.
Para mí fue volver a casa. Lo que se vive con el público chileno y argentino es difícil de explicar. En Europa puedes tener condiciones de trabajo impecables, pero en Latinoamérica, aun con toda la precariedad que a veces existe, hay una intensidad en el encuentro con la gente que lo cambia todo. Recuerdo especialmente nuestro primer concierto en Chile. Técnicamente fue complejo, pero el público estaba completamente entregado: cantaban las canciones, conocían las letras y había una emoción muy especial. Además, estaba toda mi familia. Ver a mi mamá, mi papá, mi abuela y mis tíos allí fue muy emocionante.
También me impactó el cariño de la gente. Nos llevaban regalos hechos a mano, ilustraciones, bordados o detalles inspirados en las canciones, hasta mermeladas caseras. Ahí sentías que la música había acompañado momentos importantes en sus vidas, entonces más allá de los contrastes propios de una gira, entre la euforia del escenario y la realidad cotidiana, esas experiencias te recuerdan que lo importante no es una idea de éxito, sino el vínculo que se genera con las personas.
Hay una imagen que siempre guardo: después de un concierto en Chile la gente seguía afuera, yo salí con mi abuela a dejarla y las personas me reconocieron. Entonces dije: “Ella es mi abuela. Gracias a ella estoy aquí.”. Y el público reaccionó con ovación. Y pensé que, de alguna manera, todo el camino recorrido me había llevado hasta ese momento. Fue muy bonito. Al final, volver al encuentro con la gente y con los afectos siempre me recuerda por qué hago música.

Claro, entender también el origen de lo que están haciendo ahora. ¿Y tienen planes de volver a tocar en Latinoamérica?
Sí, poco a poco se está armando. Todavía no hay nada concreto, así que no puedo adelantar nada, pero la intención está. Vamos a volver. También estamos en un momento de reencontrarnos con esta nueva formación de la banda.
Claro, hay todo un proceso de adaptación.
Sí, y está siendo muy bonito. Con cada concierto vamos recuperando esa confianza y complicidad que se construye sobre el escenario. También ha habido un trabajo importante de cuidar todo lo que hemos vivido como banda, y eso se nota.
Por eso quiero que lleguemos a Latinoamérica fuertes. La primera gira allí fue inolvidable: la organizamos nosotras mismas y fue una experiencia tan intensa que terminamos tatuándonos juntas. La segunda, en cambio, fue mucho más grande y profesional, pero internamente el grupo no estaba bien. Había desgaste y lo que antes asumíamos con naturalidad dejó de tener sentido. Al final, esa gira nos obligó a parar, replantearnos muchas cosas y decidir cómo queríamos seguir. Y creo que ese proceso de reconstrucción es justamente el que estamos viviendo ahora.
Y una próxima gira puede ser una experiencia muy distinta.
Eso espero. Esta ruptura y reconfiguración me ha hecho mucho bien. Tengo 39 años, acercándome a los 40, y quiero que este proyecto sea un espacio agradable. La música ya es suficientemente precaria y exigente como para, además, pasarlo mal. Tengo claro que no quiero seguir en un lugar donde no disfrute el proceso.
¿Esa es la prioridad hoy del grupo? ¿O es más bien seguir creando?
En parte, aunque no por encima de la creación musical. La música sigue siendo el centro. Estoy aquí por lo que sucede en la obra, porque creo profundamente en lo que hacemos. Me inspira, me emociona, me hace reír y llorar. Ahora mismo estamos empezando una colaboración nueva y la semana pasada ya estábamos intercambiando ideas. Ese proceso creativo me parece precioso. Por ejemplo, estábamos pensando una canción sobre la idea de quedarse donde una está bien, y de cómo muchas veces nos involucramos en relaciones o dinámicas que no nos hacen bien. Luego la Tole es quien transforma todo eso en poesía.

Precisamente quería preguntarte por el proceso creativo dentro de Ketekalles ¿Cómo funciona?
No hay una única fórmula. Cada una aporta de manera diferente al proceso creativo, las canciones se construyen colectivamente y el sello de la escritura ahora mismo lo lleva la Tole. Algunas nacen de una idea inicial más desarrollada y otras de propuestas rítmicas, melódicas o conceptuales que surgen en los ensayos. A partir de ahí trabajamos juntas en los arreglos, las estructuras y los detalles hasta dar con una versión que represente a la banda en su conjunto.
¿Y qué papel tiene cada una dentro del proyecto?
Creo que la identidad de Ketekalles se construye a partir de la suma de todas las personas que formamos parte de la banda. Cada una aporta experiencias, influencias y formas de entender la música, y eso es lo que ha ido dando forma al proyecto con los años. Hay mucha generosidad a la hora de compartir ideas y abrir los procesos creativos. Por ejemplo, durante una gira en Brasil escuché un ritmo que me fascinó, empecé a investigarlo con una amiga percusionista brasileña y llevé la idea al grupo. A partir de ahí, entre todas fuimos sumando letras, armonías y arreglos hasta convertirla en una canción.
Parece un proceso muy fluido.
Sí, muy orgánico. La colaboración con Pascuala Ilabaca en Pa’ mí, por ejemplo, nació de una mezcla de influencias: bulería, cumbia, rumba, rock y samba. La canción hablaba del amor libre y fue creciendo a partir de intercambios constantes de ideas y propuestas. Cada persona iba sumando algo.
¿Y esa colaboración la hicieron presencialmente?
No, fue completamente a distancia y el proceso fue largo. Lo más cercano que tuvimos a un encuentro fue un taller online con la artista textil La Zurcida de Capucha. Cada una estaba en su casa trabajando con telas mientras conversábamos y compartíamos el proceso creativo. Fue una forma muy bonita de conocernos, aunque nunca llegamos a coincidir físicamente.

Bueno, y para terminar, en Maulinxs por el Mundo siempre preguntamos por los sonidos que acompañan a nuestros invitados en este momento. ¿Qué estás escuchando últimamente? ¿Qué música recomendarías?
La última vez que me senté a escuchar música con calma fue el sábado. Estuve escuchando a Nina Simone y algo de R&B, como Alicia Keys y Amy Winehouse.
Aunque no diría que sean descubrimientos recientes. La verdad es que no estoy muy al día con las nuevas escenas musicales. Me he quedado bastante en los clásicos. Escucho muchísimo a Los Prisioneros, Soda Stereo, Inti-Illimani o Los Jaivas. De hecho, para una canción nueva que estamos trabajando, sobre la idea de quedarse donde una está bien, les llevé como referencia temas como Mira Niñita o Samba landó, sobre todo por ciertas atmósferas y arreglos de guitarra. Es música a la que vuelvo constantemente.
Al final, todos esos sonidos también construyen tu narrativa musical.
Totalmente. Y aunque sé que en Chile está pasando algo muy potente a nivel musical, no estoy demasiado conectada con esa escena. Hace poco una DJ uruguaya me hablaba de toda la música nueva que está emergiendo allí y yo me daba cuenta de que estaba bastante desconectada. No soy una persona que salga a buscar música constantemente. Más bien me va llegando. Si alguien me recomienda algo, lo escucho encantada, pero no tengo esa inquietud permanente de descubrir novedades
Te va llegando por el camino.
Exacto. Por ejemplo, sigo yendo a los conciertos de Chico Trujillo, que terminan siendo puntos de encuentro de la comunidad chilena en Barcelona.
¿Y de la escena que te rodea actualmente en Barcelona?
Me muevo mucho dentro de circuitos transfeministas, así que escucho y sigo de cerca a compañeras con las que compartimos escenarios y espacios. Me gustan mucho proyectos como Balkan Paradise Orchestra, Maruja Limón o La Tía Borracha, que está haciendo un trabajo precioso desde la cumbia y las músicas populares.
Genial Cami, muchas gracias por abrirnos las puertas de tu casa y por compartir este rato con nosotras.
