Fotografías: Archivo personal de Cecilia Acevedo
Continuando con esta búsqueda de Maulinxs por el Mundo, nos enteramos de la nueva aventura de @ceciliartist en la XV Bienal de Florencia, esta vez, con una obra monumental tejida a crochet denominada “Nulla Lux Nulla Nox”. Con esta pieza, Cecilia Acevedo no solo conquistó miradas, sino que se posicionó en el cuarto lugar de la Bienal, uno de los encuentros más prestigiosos del arte contemporáneo a nivel mundial. Desde Talca hasta Florencia (Italia), la capital del arte europeo, su trayectoria es una historia de audacia, resiliencia y pasión por crear algo único.

Desde La Revista Endémica ya conocíamos tu trabajo por tu participación en Joya del Maule el año pasado. Mirando desde esa fecha hasta hoy, ¿qué sientes que ha cambiado en tu obra y en tu mirada artística desde ese capítulo?
Es una linda pregunta. Desde afuera parece que hubiese ocurrido un cambio enorme, pero, siendo honesta, para mí no ha cambiado nada. Sigo fiel a mi propósito: vine a tejer como una diosa y a disfrutar cada vuelta. Mientras mantenga eso, siento que todo sigue igual. Lo que se percibe como un salto gigante en mi obra es, en realidad, el resultado de seguir siendo fiel a ese propósito.

Entiendo. Tu objetivo como artista se mantiene, pero la obra sí ha cambiado. Recuerdo la pieza que ganó el Da Vinci y ahora esta nueva propuesta. ¿Cuál es la idea central de la obra que llevaste a la Bienal de Florencia?
La parte conceptual nació del tema que ellos propusieron: luz y oscuridad. Desde ahí construí la obra, siempre manteniendo mi eje: disfrutar lo que hago, ya sea una pieza de 30×30 o una de 1,70×1,80 como esta. Con esa temática y todo lo que me inspiró Florencia, sumado a mi amor por la anatomía —por mi formación en kinesiología— y la influencia de maestros como Caravaggio, Botticelli, Michelangelo y Artemisia Gentileschi, sentí la necesidad de crear algo con ese espíritu. Así nació mi versión del “Ángel Caído” de Cabanel, reinterpretado desde mi experiencia y mi historia. De ahí surge “Nulla Lux Nulla Nox”.
Increíble. Tú has hecho varios viajes internacionales: estuviste en Italia y también en España para recibir el premio Velázquez y Goya, ¿cierto? Eso fue el año pasado.
Sí, todo fue el año pasado. Todos esos viajes ocurrieron el mismo año.


¿Y qué ha significado para ti vivir esas experiencias? Ya mencionaste la influencia de los grandes artistas europeos, pero ¿cómo han impactado realmente en tu visión y en tu forma de crear?
Ha sido muy potente. Estos viajes me han hecho ver con claridad las enormes diferencias entre el ambiente artístico internacional y el nacional. En Chile percibo una especie de “nebulosa cultural”: siento que falta sensibilidad hacia el arte, que todo se busca de manera rápida y cuesta conectar profundamente con una obra.
En cambio, afuera las personas están más dispuestas a sentir, a dejarse afectar por el arte. No existe esa coraza. Allá no tengo que esforzarme tanto para que mi trabajo llegue; la gente está más abierta a recibirlo. Ese contraste es fuerte y, como artista, te transforma.
Claro. ¿Y por qué crees que ocurre esto? ¿Tiene que ver con la educación, la mediación cultural, el acceso a museos? Bueno, en Europa hay una infraestructura museística mucho más desarrollada y en Chile es más limitada.
Te hablo desde mi experiencia: vengo de Talca, donde el único museo es el O’Higginiano. En Europa, en cambio, hay museos e historia por todas partes; la gente crece rodeada de arte desde muy pequeña. En la Bienal, por ejemplo, llegó un curso de niños de 8 años y me hicieron preguntas profundisimas, más complejas que muchas que he recibido en entornos artísticos en Chile. Me dejaron en jaque… ¡niños de 8 años! Esa diferencia es enorme. Ellos crecen visitando museos; yo a esa edad ni recuerdo haber entrado a uno.
Por eso, cuando un artista chileno viaja, muchas veces le va bien: afuera hay más sensibilidad y apertura emocional. Aquí, si no estás vinculado al arte, es común escuchar “no lo entiendo”. En Europa incluso hubo personas que tuvieron síndrome de Stendhal frente a mi obra; en Chile, muchas veces solo dicen “qué bonito”. La diferencia es brutal.

¿Cuál es el síndrome de Stendhal? Perdón, la ignorancia.
Es un fenómeno que de hecho se observó en Florencia: algunas personas experimentan reacciones físicas intensas al enfrentar algo muy bello. Se erizan, aumentan las palpitaciones, sube la presión, pueden marearse o incluso desmayarse. Es un impacto emocional y fisiológico frente a la belleza. Y ver que mi obra provocó eso fue realmente fuerte.
Para quienes no conocen el concepto, ¿cómo explicarías qué es una bienal artística?
Me encanta explicarlo con una analogía: una bienal es como unas Olimpiadas del arte. Se realiza en un país —en este caso, Italia, Florencia— y reúne artistas de muchas nacionalidades y disciplinas: pintura, cerámica, orfebrería, textil, etc.
Cada artista lleva lo mejor de su trabajo para competir y mostrar su nivel. Para nosotros es una instancia clave: te pone a prueba, te posiciona y te abre oportunidades. Ojalá todo artista pudiera vivir una bienal al menos una vez.
¿Y cuál es la diferencia entre la bienal y una feria artística?
Las ferias son más simples: vas a mostrar tu obra y, sobre todo, a vender. Funcionan con stands y generalmente no tienen una temática definida. En cambio, una bienal plantea un concepto al que todos los artistas deben responder desde sus disciplinas. Por ejemplo, la anterior fue “Yo soy tú” y esta fue “Luz y oscuridad”. Las obras deben dialogar con esa línea curatorial.
¿Y cómo llegas a una bienal? ¿Cómo te enteras?
Las bienales son muy transparentes: abren un open call, tú postulas con tu trabajo y una curaduría internacional decide. Por eso es clave estar atenta y atreverse.En mi primera bienal yo no tenía trayectoria; solo había expuesto en el Maule, a veces sin público. Aun así, sentía la necesidad de probarme, de saber si realmente tenía algo que decir. Fue un salto al vacío: incluso pedí un crédito para viajar. Pero no tenía nada que perder y sabía que algo en mí iba a cambiar.
Viajé con obras pequeñas y casi sin experiencia, pasé de Talca a Florencia sin conocer ni siquiera muchas partes de Chile. Y aunque no gané, me fue increíblemente bien. Esa primera bienal me marcó por completo.

¿No ganaste nada en términos materiales o no ganaste un premio?
En una bienal uno compite por medallas, reconocimientos o trofeos, y en ese sentido no gané nada. Pero gané experiencia y, de hecho, formamos un colectivo de unas 30 mujeres artistas de distintas disciplinas como orfebrería, pintura, textil, cerámica… con quienes hoy exponemos en varios países. Nos unimos porque compartíamos formas de pensar y decidimos trabajar juntas En la segunda bienal gané aún más.
Y esa fue tu primera bienal. Entonces, ¿has ido a más? ¿A cuántas?
Sí. Y justo en esa primera entendí la diferencia entre el ambiente chileno y el internacional. Yo llevé seis obras pequeñas pensando que eran “humildes”, pero en Florencia descubrí que eran obras potentes, porque allá no existe esa barrera emocional: la gente es mucho más receptiva. Es un impacto fuerte darse cuenta de eso.
Por eso siempre digo que vale la pena ir a una bienal. A veces no pasa nada, pero otras veces pasa todo. Después de esa primera bienal comenzaron a llegar reconocimientos y validaciones del ambiente artístico internacional, no necesariamente de la bienal misma, pero sí del círculo que se genera alrededor. Por eso es tan transformador.

Y, hablando de lo material, dijiste que pagaste el viaje con un crédito. Es una inversión enorme, ¿no?
Sí, quedé muy endeudada, y aún lo estoy. Soy inquieta y necesito probarme, apostar por mi carrera. Después de esa primera bienal no me había recuperado y llegó un momento en que pensé: “No puedo más, no tengo cómo ir”. Pedí apoyo institucional y me cerraron las puertas; muchos prometieron ayuda y luego desaparecieron. Fue durísimo trabajar casi diez meses en una obra enorme, sola, y tener que asumir que no podría viajar por falta de recursos.
Y entonces ocurrió algo hermoso: mi comunidad se movilizó. Con donaciones desde mil pesos lograron llevarme a la bienal. Por eso no quiero generalizar con la “nebulosa”; en Chile también hay personas sensibles que apoyan de verdad. Soy porfiada y, aunque pensé que no podría ir, terminé la obra igual, con la esperanza de que algún día se mostrara. Mi comunidad no me falló. Fue agotador —ningún artista debería vivir eso— pero también profundamente conmovedor y finalmente ellos también ganaron conmigo.
Claro, encontraste como tu propio micromecenazgo. No serán los mecenas de Italia, pero tu comunidad igual se pone, y eso se valora muchísimo.
Exacto. Empezaron a comprar mi trabajo, y eso es lo bonito. Yo he invertido todo para que mi obra se revalorice. Cuando surgió esta bienal, sabía que el salto era grande y que sola no podía. Yo pensaba: “Yo sé que tengo talento, solo necesito apoyo, láncenme porque sé que allá lograré algo”. Y la gente hizo literalmente un trampolín: me apoyaron y terminé ganando un Lorenzo Il Magnifico. Eso demuestra que quienes creyeron en mí sabían lo que podía pasar. Los coleccionistas que compraron mis obras vieron que, con cada reconocimiento, mi trabajo sube de valor. Y eso es lo mejor que les puedo devolver: me ayudaste, mira lo que traigo de vuelta. La bienal te posiciona y tu obra crece en el mercado internacional.

Absolutamente. Y en la bienal misma, ¿cómo lo viviste? Me dijiste que estuviste con artistas súper importantes, como Tim Burton. ¿Cómo fue encontrarte con gente de ese nivel, viniendo tú “del baúl”, dándolo todo?
Fue una locura. Yo soy fanática de Tim Burton desde niña, así que saber que venía ya me tenía temblando. Pensé que quizá lo vería de lejos… y lo tuve a dos metros. Me puse a hiperventilar como loca.
La vez anterior conocí a Santiago Calatrava, un diseñador increíble, y también lo vi mirando mi obra. En la bienal se da este escenario alucinante donde te topas con artistas brutales, sin guardaespaldas, súper cercanos. Es increíble.
¿Y qué obras o experiencias te impactaron en ese encuentro cultural con otros artistas?
La Bienal de Florencia siempre tiene una calidad impresionante. He visto otras bienales, como la de Londres o Brasil, pero esta es muy potente. Cada vez que voy siento que me expande, que me exige más. No es solo estar en la cuna del arte; es enfrentarte a artistas de un nivel altísimo. Este año, por ejemplo, vi obras hechas con alquitrán y materiales que jamás imaginé en el arte. Cada artista te remueve: te toma, te sacude y te deja pensando “no he visto nada aún”. Son más de 600 artistas con un abanico creativo gigante. Es como ser niño en Fantasilandia: puro estímulo, pura maravilla.

Pasemos a lo local, que también nos interesa mucho. Tu obra nace de una necesidad emocional, pero también está profundamente vinculada a tu herencia familiar del tejido, a esa tradición de las mujeres. ¿Cómo se entrelazan esas raíces con tu trabajo actual y con el contexto social de hoy?
Antes de responder, quiero compartir algo que me reveló mucho. Estaba viendo 31 Minutos con mi hija, la canción “Mi mundo interior”, y sentí que resumía mi experiencia internacional. La primera vez que fui a la bienal me veía como la tortuga: alguien con un mundo interno que buscaba validación de las “eminencias”, esos “conejos” rápidos y competitivos que en Chile abundan. Pero en esta segunda bienal descubrí que soy el caracol: distinta, rara, neurodivergente, con una forma poco convencional de crear. Y por primera vez me sentí orgullosa. Me encontré rodeada de artistas que valoraban esa diferencia, que se emocionaban con mi trabajo. Me invitaron a residencias en Finlandia, Alemania, Australia, Italia… ¡sin cobrarme! Solo porque querían entender mi proceso. Fue revelador. Por eso uso ese ejemplo tan chileno: me ayudó a entender quién soy en el arte.
Hermoso. Y qué potente tener la posibilidad de ir a lugares con culturas tan distintas, como Finlandia.
Imagínate: conocía Finlandia de nombre, pero cuando me invitaron tuve que mirar el mapa para dimensionarlo. Fue fuerte.
Sobre mis raíces: siempre he dicho que vengo de un linaje materno donde todas tejían. Pero en mi caso no me enseñaron; solo me dieron una madeja y un crochet para mantenerme tranquila, sin saber que tenía autismo e hiperactividad. Ese gesto me abrió un universo propio. No tuve instrucciones, tuve libertad: “haz lo tuyo”. Gracias a eso desarrollé un hiperfoco que hoy sostiene mi obra. Si me hubieran enseñado “como corresponde”, quizá habría seguido un camino más tradicional. Por eso, en mis talleres transmito lo mismo: el talento ya está en cada persona; el hilo y el crochet son solo la puerta. Les digo: “Aquí están las herramientas; ahora encuentren su mundo interior”.
Claro, si te hubieran enseñado de forma tradicional, quizás no habrías descubierto lo que haces hoy.
Totalmente. Me habría limitado. De hecho, antes de la pandemia yo tejía ropa “al ojo”, pero seguía patrones mentales más estructurados. Cuando me conecté con mi esencia apareció todo esto, como si hubiera nacido para hacerlo. Por eso en mis cursos repito: “Rompan la estructura. Aquí está el crochet, aquí el hilo. Hagan lo suyo”.
Hermoso. Y volviendo al Maule, ¿hay algún referente que quieras destacar?
Suena radical, pero no tengo referentes del Maule. Siento que, como cuando alguien aprende piano, muchos siguen las mismas notas y fórmulas.
Descubrí que mi fuerza está en componer mi propia música. Ver en Italia a artistas como Artemisia Gentileschi o Da Vinci me impactó, pero no para imitarlos, sino para entender que también puedo crear mis propias melodías. Al principio mis obras eran experimentos; hoy siento que encontré una música propia. Mi mayor inspiración es mi mundo interior, una fuente inagotable. En Chile cuesta ser visto, pero cuando alguien conecta con lo que hago, eso ya es todo. Por eso no busco referentes externos: confío en esta soberanía artística que he construido.
Lo que haces es muy único. Nunca había visto algo así. Quizás podría relacionarse con el tejido mapuche, pero ni siquiera es comparable.

Exacto, es muy distinto. En el mundo mapuche hay una tradición que se respeta: te enseñan la estructura y se trabaja así, de generación en generación. En cambio, lo mío nace de seguir mi propósito y romper todas las reglas. Tejo porque lo amo, porque me apasiona, y desde ahí aparece mi propia “música”. Exploro sin miedo a equivocarme; los errores también enseñan. Por eso me cuesta tomar referentes: siento que me limitarían.
Te entiendo totalmente. Y ya para ir cerrando: después de todo este recorrido artístico y personal, ¿cómo te proyectas? ¿Qué sueños tienes para el futuro?
Mi camino sigue siendo el mismo: cumplir mi propósito. Vine al mundo a tejer y disfrutar cada vuelta. Si soy fiel a eso, mi obra puede crecer y expandirse a otras disciplinas: moda, joyería, textil. Esta bienal me confirmó algo clave: soy un caracol, no un conejo. El conejo corre y apenas deja rastro; yo avanzo lento, pero dejo una estela. Ese es mi ritmo y lo acepto. Mientras pueda seguir tejiendo, aunque pasen décadas, incluso a los 80, mi propósito será el mismo.
Ojalá lleguemos bien viejitas para seguir viendo tu obra.
Que sigan bien las manitos para seguir tejiendo.
¿Qué le dirías a las personas que se inspiran en tu trabajo? Y también a niñas y niños que puedan ver tu obra, como te pasó en Florencia.
Les diría que no me tomen como referente, sino como motivación. Mi trabajo puede ser solo un impulso, pero lo valioso es lo que nace de tu propia esencia. Busca aquello que amas, lo que harías incluso sin que te pagaran: ahí está el propósito. Cuando lo encuentras, todo se alinea. Si mi obra inspira, que sea para crear tu propia “melodía”, no para replicar la mía. Atrévanse, láncense. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Que descubras algo que te encanta.
Sí, totalmente. Que los astros conspiren a favor. Y antes de cerrar, quiero desearte lo mejor y felicitarte por este nuevo galardón; te lo mereces profundamente. Muchas gracias por participar en esta entrevista.
